domingo, 18 de abril de 2010

Una sincera y humilde disculpa al noble pueblo de Colima


En concreto a la noble gente de Tecomán, y más en específico a los visitantes de la playa Boca de Pascuales. Y es que sucede que, en mi más reciente visita a tierras colimenses, de vacaciones por la Semana Santa, también llamada Mayor, y por circunstancias azarosas, descubrí, -o recordé, ya ni sé- una de mis facetas más nefastas al momento de agarrar la peda, y que lo es, la de sacar lo agresivo, mamón, alzado, pasado de lanza, hocicón. La terminología actual de la chaviza llama al común fenómeno "malacopear".

Así es, parece que cuando me encuentro lo suficientemente intoxicado con alcohol en cualquiera de sus presentaciones, y se suman algunos otros factores que hasta el momento no he logrado identificar, tiendo a ser "malacopa". De por sí que la expresión no me gustaba mucho, menos ahora que dicen que yo lo soy. Las víctimas de mis malos ratos y de mi pedez fueron, en esta ocasión, los amables habitantes de la ciudad de Tecomán, Colima. Ese día, nos dirijimos desde la localidad de Cuyutlán, en el mismo Estado y donde hicimos nuestra estancia en esa viaje improvisado y de último minuto, hacia Tecomán, a la búsqueda de aguas más tranquilas y un diverso cotorreo.

Llegamos a la anhelada ciudad y nos dirijimos, ya se dijo, a la playa Boca de Pascuales, donde todo sucedió. Empezamos, como en rigor es debido, apenas nos hubimos instalado en la playa. Cerveza tras cerveza se nos iba como agua. Todos bebimos en cantidades groseras, animosamente, pero al al parecer, quién sabe por qué, nada más a mí se me subió bien cabrón. Muy probablemente ello se debió a que había dormido poco en los últimos días; pero en fin, el chiste fue que me puse, como se dice vulgarmente, hasta el huevo. Yo la verdad no recuerdo los momentos más molestos de mi embriaguez, y quizá eso es prueba suficiente de que si existió y en un grado que rayaba en lo grosero. Chale, y pensar que todo empezó con un inocente e inocuo juego de voleybol (¿sí se escribe así?), en el que entre punto y punto, cambio de saque y de cancha, me daba la oportunidad de suministrarle más y más alcohol a mi puerquecito.

Pero bueno, ya sin tanto rodeo, según me dicen, si la cagué pero en serio. Primero, empezé a agredir verbalmente a los demás participantes (estábamos echando reta) y los quería sacar de la cancha para reemplazarlos a la de a huevo, aun cuando no hubieran terminado; no les quería entregar el balón cuando caía en mis manos. Seguí prodigando improperios a quien parecía merecerlos, y al que no también. Traté de incitar a un cuate a golpear a un lanchero (o algo así), a lo cual, afortunadamente no me hizo jalón. Hasta me quería llevar una sombrilla de ésas que son de los de la playa, de las que rentan. Total que, para resumir, me salió lo hocicón y dije hasta lo que no. Y eso solamente en la playa, porque ya de regreso para Cuyutlán, al pararnos en un OXXO, todavía en Tecomán, también me puse algo insoportable, pateando puertas, diciendo más pendejadas y con una constante agresividad. Bueno, con decirles, apreciables lectores, que a un pobre cristiano que trataba de efectuar la deyección en paz no lo dejaba, y trataba de apurarlo, de urgirlo, sin tener en cuenta si sus capacidades esfintereanas permitían una rápida terminación. Afortunadamente mis exigencias no incidieron en su velocidad de ejecución y por lo mismo no pudo salir del baño para ponerme mis putazos, como muy seguramente lo merecía.

Ya saliendo de ahí me tranquilicé un poco, si bien al llegar al departamento donde nos alojábamos en Cuyutlán me puse de "malacopa" con otro cuate, mal pedo. Creo que esto último ya fue una cuestión menor, y por eso no se le dio mucha importancia, además a este wey yo -y a los demás- lo he aguantado en situaciones análogas de embriaguez, así que digamos que quedamos a mano.

Aun así, con todo, me quedó cargo de conciencia con la gente bonita de Tecomán; ellos qué culpa tenían, ¿o no? Ése es el motivo de este post, disculparme con los nativos que no la debían ni la temían (aunque ya deben estar acostumbrados de tanto turista desmadrosito y mamón). Fue bien curioso cómo todo comenzó con un juego, en el que reinaba la cordialidad y, si se me permite la expresión, el fair play, y terminó en una situación desagradable para todos (bueno, menos para mí, que yo andaba feliz de la vida en mi desmadre). Chin, y pensar que en ese mismo lugar, en esa misma playa, hace unos 17 años pasé unas vacaciones entrañables, las mejores seguramente de mi vida, cuando nos fuimos en bola gran parte de la familia (abuela, tíos, primos, etc.). Fue lo que más me pudo, porque guardo de ese lugar muy buenos recuerdos, y ahora me da cierta pena mi comportamiento, aunque también por otro lado, y sin tomarme tampoco tan serio la situación, se me hizo de lo más loco, divertido y anecdótico. Pobres de los que me tuvieron que aguantar, pero yo, yo, me la pasé re bien, aunque redescubrí que algunas veces, ya entrado verdaderamente en la borrachera, malacopeo gacho gacho.

Pero igual, como todo en esta vida es aprendizaje, a mí que quedó esta reflexión, que esbozo parafraseando a Wilde, y lo es que he descubierto que el alcohol, en las cantidades adecuadas, produce los efectos de la pedez, y en mi caso, a su vez, los de la malacopez.

martes, 30 de marzo de 2010

Y volver, volver...

Hoy hace exactamente 3 meses, con los pocos alientos que me quedaban, y de una forma más bien arrebatada (aunque el resultado no me pareció tan malo), escribí mi último post. No lo recuerdo bien, pero casi estoy seguro que éste ha sido el más largo periodo de sequía de este blog, sequía que parecía prolongarse indefinidamente, o bien, incluso llegar a un triste y deshonroso final para este espacio -y en su etapa menos prolífica, por si fuera poco. Pero no, aquí me tienen retomando éste que muchos -entre ellos, a veces yo- consideran un ejercicio de necedad, narcisismo gratuito y autocomplacencia, si bien hasta estos momentos no tengo claro de qué va este nuevo post, el primero del año 2010. Esperemos que conforme se vaya desarrollando pueda advertirse un tema o idea conductora de sus párrafos, para que al final tengamos un producto completo, coherente al menos en apariencia.

Así pues, para seguir con lo anterior, comenzaré por tratar de establecer las posibles causas del prolongado letargo de este blog. La primera de ellas ha sido, naturalmente, la falta de tiempo. Desde los estudios de maestría que acabo de emprender este año en la ciudad de Guanajuato, hasta las estancias en distintas ciudades los fines de semana por motivos tanto amorosos como desmadrosos. Esto me ha mermado en cuanto a tiempo y ganas de trabajar, aunque paradójicamente ha dado mucho sobre lo cual escribir (si bien no lo plasmé en este blog y probablemente nunca lo haga). Otra razón es la intensa hueva que siempre me ha acompañado, y a la que le debo la frustración de muchos proyectos que he emprendido.

Aunado a las anteriores razones, hay otra de no menos importancia: conforme va pasando el tiempo y se deja de escribir, se va haciendo cada vez más difícil retomar la pluma, o, en este caso, el teclado. Por un lado, se pierde la práctica y el hábito; ya no recuerda uno ni por dónde se empieza, ni cuál era la metodología -si existía alguna- que se empleaba. Por otro lado, entre más notoria se va volviendo la ausencia, existe la exigencia autoimpuesta de volver con un súper post, uno que haga historia, uno que redima, que consagre y que haga olvidar a los lectores el exageradamente largo silencio del autor. Un regreso triunfal. Esta necia pretensión, empero, deviene en un círculo vicioso, en el que no se escribe porque no se concibe ese post magnífico que nos habrá de reivindicar, precisamente porque por la misma inactividad se ha perdido la práctica, el hábito e incluso la inspiración. Así que todo parece un callejón que no tiene salida, sino sólo regreso al punto de partida, la inacción.

Esta breve reflexión y lo que se propone para salir de ese círculo vicioso no son de mi autoría, naturalmente, pues en estos momentos de impotencia intelectual sería impensable que yo los hubiese concebido. Muchos otros bloggers (creo que ese término nunca me terminará de convencer) han pasado por las mismas vicisitudes e incluso han llegado a identificar el problema y lo han superado, tal vez sin tener conciencia de cómo lo hicieron; sin embargo, uno de ellos logró desentrañarlo, acotarlo, digerirlo, y proponerle una solución metódica; por ello, se merece todo el mérito, aunque sinceramente su blog me gusta cada vez menos. Y la respuesta es simple: escribir, simplemente volver a escribir cualquier cosa. Escribir por escribir y dejar de lado pretensiones exageradas.

Sin embargo, la solución de simplemente retomar el ejercicio, por más puñetero que sea, de escribir, no fue lo que en definitiva me determinó a hacerlo, sino el haber encontrado una razón para continuar con esta práctica, a pesar del lógico desinterés que la gente tiene de leer las jaladas que escribo. Yo me cuestionaba la continuidad de este blog por el hecho de que ya muy poca gente, que se podía contar con la palma de una mano y sobrando dedos, lo leía con regularidad; y por ello, necesitaba una razón para continuar con esto. Afortunadamente la encontré, cuando casualmente en otro blog me topé con una cita de Oscar Wilde, ingeniosa como todas las suyas:

"No voy a dejar de hablar sólo porque no me esté escuchando. Me gusta escucharme a mí mismo. Es uno de mis mayores placeres. A menudo mantengo largas conversaciones conmigo mismo, y soy tan inteligente que a veces no entiendo ni una palabra de lo que digo."

Es decir que por más pendejadas y sandeces que uno diga -o, en este caso, escriba-, ello se ve justificado por el simple hecho de disfrutar hacerlo, por encontrar regocijo en lo que uno tiene que expresar, aun sea para uno mismo. Lo dije cuando empecé este blog y ahora lo confirmo: esto es, ante todo, un ejercicio narcisista. Así sea, pues.

Así que aquí me tienen, escribiendo cualquier cosa para volver; y cuándo volveré a volver, eso no lo sé.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Aléjese: Actividad Paranormal


Desde que el cine apareció como medio de expresión, muchos han sido los caminos que ha tomado y las funciones que ha desempeñado: desde un sofisticado proveedor de diversión y entretenimiento, pasando por por su faceta de inmejorable negocio, hasta un instrumento propagandístico de los régimenes totalitarios y una forma de expresión artística (esto último, en poquísimos casos). Tales son los usos más conocidos o los derroteros más socorridos por los que discurre el llamado séptimo arte.

Sin embargo, existe otro uso que se le da en la actualidad, al que se recurre con una frecuencia francamente preocupante. Hablamos de la puñeta mental. Ahora el cine se ha vuelto un medio más a través del cual puede llevarse a efecto esta antiquísima práctica. Un fenómeno que parecía privativo de otras expresiones artísticas (es un decir), como la música (ahí tenemos a Bunbury, Maná, Panteón Rococó, el pendejo ése del Juan Son, entre un largo etcétera, etcétera), ahora aparece mucho más a menudo en el mundo del cine. Tal es el caso (por fin dejo tanto rodeo y anuncio el tema de este post) de una película gringa llamada Actividad Paranormal (Paranormal Activity), que recién se estrena en carteleras.

Efectivamente, contrario a lo que afirman bastantes personas que dicen ya haberla visto, la cintucha de marras es una gran mamada, una verdadera chaqueta mental, digna de glorias del cine mexicano como Fernando Sariñana, Gael García Bernal (en su chaqueta mental de jugar al director) y, por supuesto, con la mención honorífica correspondiente, Alejandro González Iñárritu. El film relata la historia de una pareja de chavos que unieron sus vidas en amasiato, y que se fueron a vivir a la casa de la mujer, una güereja gordibuena que pese a estar un tanto desabridona, resultaba hasta eso cogible.

Pues ahí tienen que al principio la pareja se la pasa un poco pendejaeando, jugando con una cámara de video que el concubinario seguramente consiguió en el mercado negro. El chavo filmaba a su morra, y así transcurren como de 20 a 30 minutos de la película, lapso durante el cual bostecé en repetidas ocasiones y traté de matar el sueño con alternados sorbos de mi coca light (es que quiero adelgazar) y feroces mordidas a mi bagui, así como con comentarios intelectualoides que tuvo que soportar mi significant other (ya se acostumbrará). La muchacha, cuyo nombre no recuerdo ahora, comienza a platicar sobre ciertos ruidos que escucha en las noches en su habitación, y que extrañamente no provienen del tracto intestinal de su amado -que siempre cena y desayuna frijoles con huevo (no se menciona en la cinta, pero mi sentido arácnido lo intuye)-, ruidos que la aterrorizan y la tienen sin sosiego.

Para tratar de explicar la situación, nuestra heroína, la concubina, busca la ayuda de los expertos en la materia: los charlatanes. Así, se hace de los servicios de un medium que más bien resultó medio putón y le sacó al parche aduciendo que él ahorita casi no andaba expulsando espíritus chocarreros de las casas, sino que sólo hacía limpias con epazote y amarres tipo me haz de amar. Pues total que para esto, el novio, que se sentía Juan Camanei, decidió poner su camarita a grabar en las noches los aposentos de esta simpática parejita, para captar cualquier evento paranormal (y también, no nos hágamos tarugos [Chimoltrufia dixit], grabarse haciéndole la relación a su vieja). Así, logra videograbar, durante varias noches, las fechorías de un supuesto ente sobrenatural (nunca se dice en la cinta qué es o qué pueda ser, según esto para crear más suspense, intención lastimosamente fallida). Y así trascurre otra hora más o menos de la película, entre escenas de cama (no eróticas, lamentablemente) y escenas donde, durante el día, los habitantes de esa casa maldita, concubina y concubinario, se aterorizan cada vez más por lo que pasó la noche anterior, cada vez más perplejos y con una mayor sensación de impotencia ante la situación.

Así se sigue desenvolviendo la película hasta brusco, intempestivo, injustificado y chafa final (el cual no se revelará en este post, porque es de mal gusto, aunque debería como un deber cívico), después del cual más de uno, entre ellos el suscrito, se quedó con cara de what. Tan tan. Eso fue todo. Ahora bien, ¿por qué digo que la película es una vil y corriente chaira mental? Sencillamente porque resulta en extremo pretenciosa. Es una película con un presupuesto de once mil dólares, bastante pedestre, pero que precisamente busca en tales circunstancias constituirse en objeto de culto, en obra de arte. Como decir: "soy bien chingón; hice una película con poca lana, pero como tiene una trama y una dirección súper mega verguísima, eso no importa, sino que la vuelve más chida, y además me muestra como el creativo de creativos. Cáguense de la envidia, compañeros de la carrera de cine; cágate de envidia, Hollywood."

La película se supone que es de terror, pero en realidad sólo un par de veces logra arrancar, entre algunos despistados, un par de medianos sustos. En realidad carece de trama, de historia. Es simplemente una sucesión de escenas sin sentido, tratando patéticamente de lograr en el proceso algún susto gratuito, descontextualizado (al carecer de trama la película, tampoco tiene un contexto claro), y de lograr un final pretendidamente muy espeluznante, que más bien resultó caricaturesco, chafísima y totalmente injustificado, como se dijo.

Y párale de contar. En resumen, una película larga pero aburrida. Una verdadera caca que nos muestra una vez más que allá, con los güeros, también se cuecen habas, y que la chaqueta mental es practicada con regularidad.

Evítese a toda costa esa cinta; no tire su dinero a la basura. No la vea. No la vea.

martes, 22 de diciembre de 2009

Inglorious Basterds (sí, apenas la acabo de ver)

Por muchas razones, pero principalmente por desidia, casi no logro ver en el cine la última y esperadísima cinta de Quentin Tarantino. Afortunadadamente, todavía alcancé en cartelera, en sus últimos días, la exhibición de Inglorious Basterds, película que le ganó tanto críticas como alabanzas al consagrado director estadounidense. Aquí mi opinión sobre la misma, que ha servido de pretexto para retomar este blog, ya tan olvidado por todos, principalmente por mí. No será, por tanto, una reseña ortodoxa de un cinéfilo empedernido, sino simples apreciaciones superficiales de un neófito en la materia. Se obviará, en consecuencia, la descripción de su argumento, presuponiendo que la película ya ha sido vista por el lector.

En general me gustó la película, me entretuvo y divirtió, aunque no se trata, por mucho, de la mejor cinta de Tarantino. La violencia y brutalidad que han sido la nota distintiva de las obras de este creador cinematográfico, no podían dejar de incluirse en el film. Violencia extrema, eso era lo que muchos queríamos ver, y aunque la hubo, tal vez no lo fue en la cantidad que hubiéramos deseado. Los diálogos larguísimos, intensos, locos e inteligentes, característicos también de la obra del cineasta, también están presentes. Así es como se reconoce una película de Quentin Tarantino, con la violencia y los alucinantes diálogos.

La película también contó con buenas actuaciones en general, aunque la mejor, sin duda, fue la de Christoph Waltz, actor austríaco que dio vida al infame Hans Landa, alto mando de la SS nazi, apodado "el cazador de judíos": un hijo de la chingada, un perro, que se dedicaba justamente a eso, a dedear judíos en Francia para que fuesen confinados a los respectivos campos de concentración. La actuación de Waltz fue magistral, auténtica y verosímil; literalmente uno llega a odiar al personaje, a decir: "éste es un hijo de su puta madre." A este tipo, que además hablaba diversos idiomas con gran naturalidad, nadie le veía la cara de pendejo, nadie antes del Teniente Aldo Raine. El sujeto del que hablamos, nada más ganó el premio al mejor actor en el Festival de Cannes 2009.

En general, la película lleva un buen ritmo, salvo en cierta parte intermedia, en la que se vuelve un poco lenta y aburrida. Afortunadamente, el letargo no dura mucho y da paso a un desenlace cruento, el esperado, el obligado, el que todos querían ver, en el que de paso se llevan entre las patas a Hitler, y le voltean la tortilla sabroso al Hans Landa. Decía que se trata de una muy buena cinta, que reafirma a Tarantino como director de culto que le llega a las masas.

Sin embaro, no podemos soslayar algunas cuestiones que deben criticarse, desde mi perspectiva, a la película. La primera, la caracterización caricaturesca de Hitler. No sé si el propósito era ridiculizar deliberadamente a este infame personaje de la historia, pero lo cierto es que en poco coincidió el manejo que se le dió con el verdadero carácter que tenía el Führer (muy bien retratado en la cinta alemana La Caída). Otro punto a resaltar negativamente es la poca acción vengadora y chingativa de los Bastardos que logra mostrarse en la película: únicamente se muestra un par de sus despiadadas hazañas, cuando se habría esperado que se incluyeran más escenas donde estos malnacidos masacraran algunos traseros nazis; en eso sí que nos quedó a deber la cinta.

Pero sobre todo, al final, la forma en la que es engañado, chamaqueado cual líder del Partido Verde, timado, el cabrón del Hans Landa por el Teniente Aldo Raine (interpretado por Brad Pitt) me resultó inverosímil: alguien tan astuto y suspicaz como el alemán no podía entragarse, aun cuando esto fuera una actuación pactada con el ejército americano, prescindiendo de las precauciones debidas, simplemente bajándose los calzones. No resulta creíble, aun bajo el argumento de que tan duro caballero se encontrara momentáneamente cegado por la codicia y ambición de poder y reconocimiento histórico. Como que uno no lo llega a comprar.

En fin. No sé ya qué más decir. Quien vió la película, me entenderá, aunque no esté de acuerdo conmigo. Me gustó, insisto, y me dejó con ganas de más buen cine de Quentin Tarantino. Quién sabe cuántos años debamos esperar para eso.

jueves, 1 de octubre de 2009

Algunas cosas buenas (otro post sin oportunidad)



Vuelvo a escribir. Y sigo en las mismas: hay mucho material, pero poco tiempo. O poca calma. O pocos nervios. O pocos huevos. O no sé. Se juntaron muchas cosas y al final no supe por cuál decidirme para retomar el ejercicio chaquetero que supone escribir este blogcillo. Pero en fin, últimamente la vida no me ha tratado tan de la chingada. Todo lo contrario, parece sonreírme y ofrecerme algunas gratas bendiciones. Ya hace rato que pasó este tiempecillo en que todo ello se me juntó, pero hasta el día de hoy tuve el humor de escribir al respecto. Así que, sin más rodeo innecesario, enuncio esos pequeños detalles, circunstancias o sucesos que me han alegrado en últimas fechas:

El regreso de La Mosca: Ahora en su formato cibernético, regresa la mítica revista de La Mosca en La Pared (ver post alusivo algunas entradas más abajo). Muy anunciado el renacimiento de tan importante publicación, pero apenas vio la luz hace un par de semanas. Yo feliz, desde luego, sólo falta ver qué nos depara esta nueva etapa, y que no se deje de lado la posibilidad del triunfal regreso, definitivo por supuesto, del formato impreso.

La reunión de Blur: O más bien, la reincorporación de Graham Coxon a Blur. El virtuoso y magnífico guitarrista había dejado la banda hará unos seis años, y recientemente regresó como el hijo pródigo, esperemos que de forma definitiva. El regreso lo marcó una entrañable presentación en el prestigioso festival del Glastonbury. Uno de mis guitarristas favoritos, sin duda. Si llegan a venir a México, aunque sea al D. F., me cae que me lanzo verlos.

Nuevo disco de The Flaming Lips: Ya es mundiamente conocido que pronto aparecerá el nuevo disco de estos maestrazos. Incluso parece ser que aunque al día de hoy no ha sido lanzado oficialmente a la venta, ya se ha filtrado en internet. Yo esperaré a que salga físicamente para poder escucharlo, fiel a mi eterno fetichismo por los discos. Es una gran noticia; esperemos que nos sorprendan, como es su costumbre, y que en una de ésas regresen a México y nos regalen otra memorable presentación como la de hace casi un año (ver, asimismo, post alusivo).

Nueva temporada de How I Met Your Mother: Se estrena la quinta temporada de este sitcom gringo. Esta serie es, junto con The Office, mi favorita en la actualidad. Humor inteligente y poco convencional, alejado totalmente del más tradicional, trillado y penoso sentido del humor norteamericano. Nada de chistes fáciles. Una historia muy bien elaborada con personajes entrañables y lo suficientemente verosímiles. Para espectadores exigentes, y para aquéllos que renieguen de la insufrible, e igualmente famosa, serie de Friends. Nada de humor pseudo "inteligente" como el de Seinfeld. Definitivamente hay que verla, y esperemos que dé para muchas temporadas más.

El trabajo: Últimamente me va muy bien en lo laboral (en general, siempre, pero actualmente un poco más y de distinta forma). No entraré en más detalles innecesrios y aburridos, sólo diré que un giro inesperado me llevó a cambiar de aires. Ya me hacía falta. Durará poco, pero pienso disfrutarlo al máximo, y tal vez abusar un poco, cómo no.

Grizzly Bear: Descubro hace unos días a este prometedor grupo Neoyorquino, y me encantó. Ya está dando mucho de qué hablar, y cómo no, si cuenta con el padrinazgo nada más y nada menos que de Radiohead, grupo al que le estuvieron abriendo conciertos durante el 2008. Toncan tan chingón como si fueran ingleses. Me compré el último de sus discos en mi última y meomrable visita a la entrañable ciudad de León (lo que nos lleva al siguiente punto).

El reencuentro: Después de muchísimos años, me encuentro nuevamente con quien fue mi primer amor, del que ya hablé en alguna ocasión en este blog (los lectores religiosos del mismo sabrán a quién me refiero). Una situación un tanto extraña por las sensaciones que encierra, que al día de hoy me tiene sin sosiego. No sé qué vaya a pasar; no sé si de hecho hice bien en reabrir ese capítulo de la novelita que ha sido mi vida. No sé. No sé nada. Tal vez según se vaya desarrollando esa nueva historia la estaré contando en este espacio. Tampoco lo sé. Lo único cierto es mi confusión y perplejidad, que en otros muchos aspectos de mi vida, si no es que en todos, ha sido la constante.

lunes, 24 de agosto de 2009

Esto ocurrió el sábado




Me invitaron; me invitaron. Conste. Yo no organicé nada. Es más, yo ni quería ir; yo simplemente quería echarme unos etanoles. Sí conocía al festejado, y de hecho le hablo chido al wey (en la peda todos son amigos), pero no era alguien tan cercano a él como para ser directamente invitado a una celebración de tal importancia y privacía. Pero ahí me tienen, haciendo bola y acoplándome al desmadre con otros pares a mí.

Y es que, si se repara en ello, es muy fácil entablar buen cotorreo en un corto tiempo con los congéneres (claro, si se es hombre, pues en el caso del sexo femenino lo natural es lograr en las mismas circunstancias enemistades y odios), puesto que hay dos cosas que nos hermanan universalmente, trascendiendo las barreras del idioma, la la raza y la condición social: el alcohol y las mujeres (o bien, más explícitamente el sexo). En estos dos temas es fácil coincidir, pues es común que se compartan vicios relacionados con ellos (y es general convicción que los hombres tienen una propensión innata al vicio). Aunado a ello, una complicidad tácita como presupuesto de toda interacción social entre pares, crea la ocasión propicia para un buen desmadre.

Tal fue el caso del sábado. Un cuate, al que apodamos El Come, me invitó a la despedida de soltero de un compa de él, igualmente borracho y jarioso, que sólo sé que se llama Alexis. Ya aclaré que yo sólo fui a chupar (chin, ya me eché de cabeza), digo, solamente a beber alcohol y preterintencionalmente ponerme una buena guarapeta, sin importarme la latente posibilidad de que, como es costumbre arraigada, en el orden del día se incluyera la presencia femenina tendiente a divertir, como sólo a ese sexo le es dado hacerlo por las cualidades naturales de que fue provisto, a los ávidos parroquianos. Y como decía, ahí voy. La reunión se verificó en una casa de uno de los cuates del festejado y convocó a unas ocho personas que se veía que estaban bastante versadas en las cuestiones de la contratación de servicios eróticos (pirujas, escorts, bailarinas y similares), además de tener un aplio panorama de la oferta cachonda que presenta nuestra amada ciudad de Aguascalientes. Desde las de a cien (kilos) de la Rodolfo Landeros y Tercer Anillo, pasando por las desdentadas meretrices que rozan la tercera edad (las cuales al parecer son muy populares, aunque no me llego a explicar por qué) que siguen aferrándose al talón como forma de vida y como cruz, siguiendo por las guerreras bailadoras del Bara-Bar (cuya escenografía, dicen, dicen, es de película de El Caballo Rojas, Lalo El Mimo y Pedro Webber Chatanuga), y terminando, por supuesto, con las esculturales Barbies de los teibols nice de la comarca, de todas tienen referencia estos jalapeños compañeros.

Así que con toda la experiencia acumulada por esos andares de degenere y perversión, la H. Asamblea convocada procedió a deliberar sobre la mejor opción, que armonizara las circunstancias de presupuesto y lascivia. El de la voz, que, como ya dije, tomó presencia únicamente como observador neutral, dio fe de la legalidad del acto, el cual derivó en la decisión de optar por el dos por mil. Casi de manera automática, el adagio acuñado por la sabiduría popular que reza: "lo barato sale caro", resonó en mi cabeza. Allá ellos, pensé, aunque a mí también me tocó aportar algo para conformar la tradicional "vaquita."

¿Justicia poética? No lo sé. El caso es que esa vaquita ajustó para recibír dos ídems. Esa propensión mamona tan mía de decir "se los dije" me orillaba indefectiblemente a perpetrarla, pero, haciendo alarde de un estoicismo casi heróico, me contuve. Además, pensé, el chiste era echar desmadre, vamos a ver qué pasa. Una güera y la otra de un extraño tono prieto cenizo. Empezaron a chupar, es decir, a beber y la cosa se fue ambientando, tal vez demasiado. De rato que se apagan las luces y empieza el show, o más bien el showing, esto es, el enseñadero. Y todos, a una sola voz: "Ea, ea, ea, ea". Se para la morena y comienza a bailarles en sus regazos a los presentes (insisto, yo vi de lejitos), quienes en círculo habíanse reunido para participar del jolgorio. Mientras tanto, la güereja paladeaba una espumosa cerveza y se desparramaba campechanamente en el sofá, al tiempo que era flanqueada por dos miembros de la comitiva que buscan la manera de ejecutar en ella sus más nefandas ocurrencias. Ea, ea, ea, ea, ea...

Así siguió la noche. Después, en el momento cumbre dos chavos se llevaron a la güera a un cuarto, porque al parecer iban a efectuar el llamado Triciclo del Diablo (por aquello de los dos cuernos). Y bolas, que se avientan y lo hacen. Aaaarrrrgggghhhh, me tocó ver un poco de lo que llegaro a hacer, cuando yo y los otros chavos les quisimos hacer la maldad (totalmente obligada) de abrir la puerta del cuarto mientras interactuaban con la invitada. Ja, ja, ja, me despedorré de la risa. No, si hasta eso los cabrones mostraron cierta creatividad producto obviamente de las horas de su vida que habrán pasado mirando pornografía. Yo, por mi parte, seguí disfrutando de unos tragos más, los últimos pues mi botella se estaba terminando, mientras que los demás compañeros se divertían con la morenaza tiznada.

Y bueno, más no puedo describir ni precisar, pues caería en una vulgaridad ajena a la línea que este blog siempre ha seguido. Sólo diré que a lo largo de la noche pude percatarme de cosas tan escandalosas e inverosímiles, como divertidas. Lo dicho, dennos sexo y alcohol y seremos felices, como moscas dándose un festín de caca. Nuestros vicios y flaquezas tienden lazos fraternales entre nosotros. No sé si esto sea algo como pare enorgullecerse, pero en realidad no me importa. La pasamos chido y echamos buen desmadre, que era el objetivo. A final de cuentas cumplimos con el rito de la despedida de soltero, tan injustificado, gratuito e innecesario, como lo es, verbigracia, el de los 15 años, con lo que se prueba, una vez más, que el hombre es un animal de costumbres.

Pd. Una recomendación: Cuando se encuentren en una situación como la narrada, y por las circunstancias se vean compelidos a prestar el acceso carnal, antes de ingresar al aposento que servirá de escenario para dicha práctica, deposite sus pertenencias de valor (cartera, celular, llaves de coche, relojes, anillos, pulseras) con alguien de su confianza, o correrá el riesgo de que alguna de ellas le guste a su compañera y la quiera tomar prestada. En nuestro caso, a uno de los chavos le volaron la cartera, aunque poco después la recuperamos, si bien ya sin billetes, en el baño de la casa. Aguas. Ese consejo les doy, porque su amigo Angelito soy.

lunes, 10 de agosto de 2009

Parece que fue ayer...

Sí, parece que fue ayer. Hoy hace un año desde que un domingo cualquiera, en el que me encontraba pendejeando en internet, decidí crear mi propio blog a partir de la relativa facilidad que esto suponía bajo el perfil Blogger, e inspirado por un par de ellos que comenzaba a leer, el de Hugo García Michel, intitulado El Rojo y el Negro, y otro que se llama La Tormenta Negra. En ambos casos, el descubrimiento de esos blogs se debió a razones azarosas, puesto que buscando otro tipo de información, no recuerdo cuál, en el Google, fui remitido a esas direcciones. Aunado a eso, la inquietud -que más de alguno ha llamado pretención- de escribir ya tenía tiempo rondándome, y para últimas fechas el proyecto de formar un blog colectivo sobre humanidades con un par de amigos (lo que postreramente se concretó en El Canto del Zenzontle), fue lo que finalmente me decidió a crear este medio de expresión, que desde entonces se ha convertido el mejor pretexto para decir pendejadas.

A ciencia cierta, no sabía en realidad qué pretendía con el blog más allá del solaz lingüístico y el ejercicio onanista; es más, a la fecha parece que esa situación persiste, pues sigue habiendo incertidumbre acerca de los rumos que estará tomando esta página. Pero no veo tal circunstancia como algo negativo, sino todo lo contrario: incluso, al no saber qué es lo próximo, yo mismo me llego a sorprender, y ello mantiene al blog como algo aún interesante, al menos para mí. También me ha servido, sin ser ese su propósito inicial, para conocerme un poco mejor a mí mismo. Parecerá un lugar común, pero lo cierto es que mucho de lo que escribo revela algunos rasgos de mi personalidad, unos buenos, otros no tanto. Esto lo confirmo post a post cuando en cada ocasión identifico algo muy mío y que no puedo ocultar en cada texto.

A la par de lo anterior, a través del blog he conocido muchos otros, unos muy chidos, otros regulares y algunos muy puñetos. Hasta no adentrarme en esto del mundo Blogger, me di cuenta de que había muchísimos de estos espacios. Me he vuelto lector asíduo de varios de ellos, y a continuación esbozo una lista de los mismos, sin ningún orden de importancia:







- El Rojo y el Negro

- La Tormenta Negra


- Vivencias algo Rosas... (hoy extinto)






Entre otros. Pasando a otra cosa, hay algo que ha ocurrido a lo largo de este año, y es que me he quedado sin escribir muchos post, ya sea por falta de tiempo o porque finalmente la inspiración o la inquietud ya se me fueron. Así, nunca escribí sobre el toquín de Riders in the Storm en Aguascalientes; sobre el fantoche grupo de blues Aguascalentense Doberman Blues, sobre el último disco de Sigur Rós, mis vivencias infantiles y pubertas, la Selección Mexicana, la película Luz Silenciosa, Armando Vega-Gil, mis teorías pachecas sobre la música, Robert Greene, el Tomás, mi ciudad natal, mi equipo de futbol, más pedas, la boda del carnal del Bisbal, los quince años, la boda de Carla y un extendido etcétera. Algunos de esos temas ya no los abordaré por razones de pertinencia; los demás, no lo sé, siguen abiertos, pero sujetos a ser incluídos en este blog cuando inspiración así me lo indique.

¿Mi peor post en este año? Muy probablemente éste. En general, todos me han gustado porque todos hablan de mí, cada uno desde una perspectiva diferente. ¿Mis favoritos? Mmm... el de Ése soy yo (o exhibicionismo barato), El soundtrack de mi vida, Motorockr Fest 2008, y, por su puesto, Chilango ¿incomprendido? El más tortuoso de todos fue obviamente el que escribí acerca del concierto de Radiohead en México; tardé días en redactarlo y fue un desmadre acomodar el texto y tantas imágenes, además de tanto improperio. Por si fuera poco, se malinterpretó y se le dio más importancia de la necesaria, y desató una gran polémica (bastante pueril, por cierto) sobre "la intolerancia", la que se tradujo en una campaña de censura y señalamiento santurrón y políticamente correcto, totalmente contrario a la consigna de tolerancia que enarbolaban sus artífices. En fin, hubo de todo.

¿Qué me ha dado este blog? Creo que solamente la posibilidad de expresarme de manera escrita, además de brindarme cierto desahogo. La mayoría de las veces me produce un gran placer escribir. Mientras el blog me siga proveyendo de esos satisfactores, seguramente seguirá vivo. Empero, aunque creo que la necesidad de escribir y en general de expresar mis ideas y emociones siempre estará ahí, llegará el día en que llegue a su fin y que sólo sirva de testimonio de las vivencias y ocurrencias que tuve durante el tiempo que abarcó su vida. ¿Que cuándo será eso? Espero que no sea pronto, aunque uno nunca sabe.

A un año del blog, con todo, el balance es positivo. Veremos qué me depara el segundo año de este espacio. Por lo pronto, cierro este primer año con este post un tanto forzado por la ocasión. Hasta el momento, el lector no me dejará mentir, lo he sentido un tanto rígido, tal vez porque lo he escrito sin espontaneidad alguna, y más por compromiso, aunque éste sea conmigo mismo. Ya no sé qué mas agregar, así que aquí termino este texto. Chale, no pensé acabar así de mal el año.

miércoles, 5 de agosto de 2009

En el país de los ciegos, el tuerto también lo está.


Advertencia: Quien no haya leído Ensayo Sobre la Ceguera, de José Saramago, puede prescindir de la lectura de este post.
Desde que el mundo es mundo (bueno, es un decir -bastante pendejo, por cierto-, ya que no sé desde cuándo ocurre esto), y desde que la pachequez se ha instalado como faro rector de la creación pseudoestética, los diversos artistas en general han recurrido al controvertido -y en la mayoría de los casos desafortunado- experimento de intentar adaptar a su propia disciplina, una obra adscrita a una diversa, naturalmente de otro autor. Así, tenemos libros que inspiran canciones, y a su vez piezas musicales que inspiran películas; pinturas que se musicalizan, obras literarias que se llevan al teatro.

De todos estos experimentos, quizás el más socorrido en la historia de las bellas artes ha sido el de la adaptación cinematográfica de algún libro. Tal es el caso de la Película Blindness (en español la llamaron Ceguera, naturalmente), del aclamado director brasileño Fernando Meirelles, que trató de realizar la colosal empresa de llevar al celuloide la magnífica y grandiosa novela Ensayo sobre la ceguera, del sublime escritor portugués, Premio Nobel de Literatura, José Saramago.

Su estreno pasó inadvertido a mis ojos, y fue hasta hace algunos días que descubrí que ya había sido rodada la cinta, incluso presentada al público. Algo había escuchado yo hace algún tiempo en relación a que se planeaba esa adaptación, pero en realidad no lo tenía muy presente. En cuanto me hube enterado, corrí a rentarla, empujado por la gran expectativa que creaba la traducción visual de dicha novela, por un director ya consagrado que en su currículum cuenta nada menos que con la gran película Ciudad de Dios, que, por decir lo menos, rompe madres. Todo paracía anticipar que se conjugaría una gran historia con una dirección y edición impecables, a la altura de los requerimientos de la obra literaria. Eso parecía en el papel; pero en la práctica, según se irá viendo a lo largo de este post (nótese que siempre tardo mucho echando rollo y haciendo aclaraciones babosas como ésta antes de atacar el sustancioso meollo que pretende trasmitir el texto que se escribe), logramos percatarnos de que muy probablemente, incluso desde el inicio, una pretensión tan ambiciosa estaba condenada al más rotundo fracaso o, cuando menos, a la insatisfacción de quienes han gozado la experiencia de leer Ensayo sobre la Ceguera.

Así como lo oyen, el experimento resultó, si bien no penoso ni patético, sí insuficiente y gris, y dejó a más de uno, o al menos a mí, con un mal sabor de boca. Comenzaré por enunciar que el mayor pecado de la película es haber obviado algunos pasajes de la trama contenida en la novela, como presuponiendo que el espectador ya los conocía, por estar familiarizado antes con el libro. Craso error, puesto que, según mi entender, el propósito de adaptar una obra literaria al cine no es simplemente llenar de contenidos audiovisuales a los elementos de la narración (personajes, ambiente, narrador...), para sustituir a la imaginación del lector, sino muy por el contrario, montar una historia que sea autosuficiente, esto es, que no requiera apoyarse en ninguna otra referencia ajena a ella misma, como en este caso sería el libro del que pretende emanar; una historia que por sí misma sea entendible.

Ésa debería ser la finalidad de la adaptación. Lo demás, y tal fue el caso de la cinta de marras, se queda solamente en un complemento audiovisual de la obra, sólo para que el lector sepa cómo se ven y escuchan los personajes y escenarios sobre los que versa la misma. Sobra decir que cualquier cinta que desconoce este principio está condenada al infortunio y al olvido, puesto que, paradójicamente, como película no sirve. Aquí algunos ejemplos de cómo esta falla que desde mi perspectiva tiene el film, se manifiesta concretamente: casi al principio cuando de súbito comienzan a llevar a los ciegos al nosocomio abandonado, no se explica ni por qué se les lleva, ni cómo, ni por órdenes de quién, ni cuál es el pretexto que se da: simplemente, de buenas a primeras, ya están introduciendo al primer grupo de ciegos, el cual, de forma inexplicable -y, por tanto, inverosímil- logra acomodarse en uno de los tres pabellones con los que contaba el inmueble. En el libro todo esto sí tiene una explicación y por eso el director decidió obviar estos puntos.

También de un momento a otro los ciegos ya estaban acomodados en sus camas; en este caso, se omitió mostrar cómo fue que lograron tan difícil azaña, o al menos que alguno de los personajes lo explicara. Así también sucedió con la organización del primer grupo de ciegos, que era comandado por la mujer del oftalmólogo (el segundo ciego), la cual, a diferencia de sus compañeros, seguía viendo perfectamente bien. También, de repente se mostró que en el edificio en que confinaron a los invidentes había unas cuerdas que los guíaban para ir de un lugar a otro, sin explicar quién ideó eso, o por qué estaban ahí: otra vez obviando detalles que se supone que los lectores ya conocían. Y para no abundar tanto y hacer este post un tanto más digerible, sólo diré que este tipo de detalles fue recurrente durante todo el film.

Ah, pero donde llega a su clímax de torpeza el fallido -y, hay que señalarlo, mentalmente puñetero- ejercicio, es precisamente al final de la película, momento en el que trastoca severamente el final original plasmado en el libro, para con ello crear una intensa desazón y una desagradable confusión en el espectador. No comentaré, por razones obvias, en qué consistió el final en ambos casos; sólo diré que el de la película es una especie de reinterpretación del del libro, al parecer motivado por la apremiante necesidad de ya terminar la cinta de una buena vez sin excederse de las dos horas de rigor. Un narrador/personaje improvisado inexplicable (el tuerto negro [parece albur, pero no lo es], que salió ganón al recibir sexo por compasión de la prostituta grifa [por aquello del lente oscuro]), que pese al estar viviendo los acontecimientos, y al estarse contando la historia en tiempo presente, la narra en pasajes de la película como si ya lo hubiera vivido, como si sólo recordara los hechos; una interrogante sobre el final, que lejos de crear suspense, provoca una sensasión de molestia.

¿Hará falta decir más? En cuanto a lo reprobable de la película, ahí le podemos dejar. Ahora bien, por otra parte, y en honor a la verdad, he de decir que hay cosas buenas, o al menos aceptables en el film. Particularmente algunas escenas están muy bien logradas, tanto por su crudeza como por su precisión y, aquí sí, fidelidad al texto fundamental de Saramago. La inmundicia que reinaba en los pasillos y pabellones del hospital abandonado (¿sí era un hospital? La verdad ya ni me acuerdo), con cacas y orines por doquier y gente encuerada pisándolas y resbalando con ellas. Las escenas donde los ciegos culerísimos del pabellón 3 se dan gusto con las sacrificadas mujeres del pabellón 1, y donde éstas se rebelan. Gente durmiendo desnuda. Las calles hechas un desmadre por la epidemia de ceguera blanca. Es lo rescatable.

Al final de cuentas, ¿qué le podemos reprochar a Mireilles: no haber sido capaz de lograr una adaptación decente del libro, o creer en principio que tal empresa era posible con obtención de buenos resultados? Me inclino más por la segunda opción. Finalmente, esto de las adaptaciones parece más bien un albur: a veces salen bien, muy chingón, incluso superando a la obra original; otras veces, las más, devienen en prescindibles y hediondas cacas (como ejemplo reciente, tenemos la infamia de la película de El Amor en los Tiempos del Cólera). Casos afortunados han sido los de Pantaleón y las Visitadoras, de Vargas Llosa; Rebelión en la Granja (Animal Farm, que, según se dice, inspiró el disco Animals de Pink Floyd), de George Orwell, que no sé quién llevó al cine, e incluso la mexicana El Rincón de las Vírgenes, basada en el cuento de Anacleto Morones, del gran Juan Rulfo. Y claro, claro, las muchas adaptaciones que hizo el magnífico Stanley Kubrick.