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miércoles, 30 de diciembre de 2009

Aléjese: Actividad Paranormal


Desde que el cine apareció como medio de expresión, muchos han sido los caminos que ha tomado y las funciones que ha desempeñado: desde un sofisticado proveedor de diversión y entretenimiento, pasando por por su faceta de inmejorable negocio, hasta un instrumento propagandístico de los régimenes totalitarios y una forma de expresión artística (esto último, en poquísimos casos). Tales son los usos más conocidos o los derroteros más socorridos por los que discurre el llamado séptimo arte.

Sin embargo, existe otro uso que se le da en la actualidad, al que se recurre con una frecuencia francamente preocupante. Hablamos de la puñeta mental. Ahora el cine se ha vuelto un medio más a través del cual puede llevarse a efecto esta antiquísima práctica. Un fenómeno que parecía privativo de otras expresiones artísticas (es un decir), como la música (ahí tenemos a Bunbury, Maná, Panteón Rococó, el pendejo ése del Juan Son, entre un largo etcétera, etcétera), ahora aparece mucho más a menudo en el mundo del cine. Tal es el caso (por fin dejo tanto rodeo y anuncio el tema de este post) de una película gringa llamada Actividad Paranormal (Paranormal Activity), que recién se estrena en carteleras.

Efectivamente, contrario a lo que afirman bastantes personas que dicen ya haberla visto, la cintucha de marras es una gran mamada, una verdadera chaqueta mental, digna de glorias del cine mexicano como Fernando Sariñana, Gael García Bernal (en su chaqueta mental de jugar al director) y, por supuesto, con la mención honorífica correspondiente, Alejandro González Iñárritu. El film relata la historia de una pareja de chavos que unieron sus vidas en amasiato, y que se fueron a vivir a la casa de la mujer, una güereja gordibuena que pese a estar un tanto desabridona, resultaba hasta eso cogible.

Pues ahí tienen que al principio la pareja se la pasa un poco pendejaeando, jugando con una cámara de video que el concubinario seguramente consiguió en el mercado negro. El chavo filmaba a su morra, y así transcurren como de 20 a 30 minutos de la película, lapso durante el cual bostecé en repetidas ocasiones y traté de matar el sueño con alternados sorbos de mi coca light (es que quiero adelgazar) y feroces mordidas a mi bagui, así como con comentarios intelectualoides que tuvo que soportar mi significant other (ya se acostumbrará). La muchacha, cuyo nombre no recuerdo ahora, comienza a platicar sobre ciertos ruidos que escucha en las noches en su habitación, y que extrañamente no provienen del tracto intestinal de su amado -que siempre cena y desayuna frijoles con huevo (no se menciona en la cinta, pero mi sentido arácnido lo intuye)-, ruidos que la aterrorizan y la tienen sin sosiego.

Para tratar de explicar la situación, nuestra heroína, la concubina, busca la ayuda de los expertos en la materia: los charlatanes. Así, se hace de los servicios de un medium que más bien resultó medio putón y le sacó al parche aduciendo que él ahorita casi no andaba expulsando espíritus chocarreros de las casas, sino que sólo hacía limpias con epazote y amarres tipo me haz de amar. Pues total que para esto, el novio, que se sentía Juan Camanei, decidió poner su camarita a grabar en las noches los aposentos de esta simpática parejita, para captar cualquier evento paranormal (y también, no nos hágamos tarugos [Chimoltrufia dixit], grabarse haciéndole la relación a su vieja). Así, logra videograbar, durante varias noches, las fechorías de un supuesto ente sobrenatural (nunca se dice en la cinta qué es o qué pueda ser, según esto para crear más suspense, intención lastimosamente fallida). Y así trascurre otra hora más o menos de la película, entre escenas de cama (no eróticas, lamentablemente) y escenas donde, durante el día, los habitantes de esa casa maldita, concubina y concubinario, se aterorizan cada vez más por lo que pasó la noche anterior, cada vez más perplejos y con una mayor sensación de impotencia ante la situación.

Así se sigue desenvolviendo la película hasta brusco, intempestivo, injustificado y chafa final (el cual no se revelará en este post, porque es de mal gusto, aunque debería como un deber cívico), después del cual más de uno, entre ellos el suscrito, se quedó con cara de what. Tan tan. Eso fue todo. Ahora bien, ¿por qué digo que la película es una vil y corriente chaira mental? Sencillamente porque resulta en extremo pretenciosa. Es una película con un presupuesto de once mil dólares, bastante pedestre, pero que precisamente busca en tales circunstancias constituirse en objeto de culto, en obra de arte. Como decir: "soy bien chingón; hice una película con poca lana, pero como tiene una trama y una dirección súper mega verguísima, eso no importa, sino que la vuelve más chida, y además me muestra como el creativo de creativos. Cáguense de la envidia, compañeros de la carrera de cine; cágate de envidia, Hollywood."

La película se supone que es de terror, pero en realidad sólo un par de veces logra arrancar, entre algunos despistados, un par de medianos sustos. En realidad carece de trama, de historia. Es simplemente una sucesión de escenas sin sentido, tratando patéticamente de lograr en el proceso algún susto gratuito, descontextualizado (al carecer de trama la película, tampoco tiene un contexto claro), y de lograr un final pretendidamente muy espeluznante, que más bien resultó caricaturesco, chafísima y totalmente injustificado, como se dijo.

Y párale de contar. En resumen, una película larga pero aburrida. Una verdadera caca que nos muestra una vez más que allá, con los güeros, también se cuecen habas, y que la chaqueta mental es practicada con regularidad.

Evítese a toda costa esa cinta; no tire su dinero a la basura. No la vea. No la vea.

lunes, 22 de junio de 2009

Una tocada más...


Todavía ese día, en la mañana cuando desperté, no estaba seguro de querer ir. No parecía un día como de mucho desmadre, pero aun así decidí aceptar la invitación que me había hecho Alma una semana antes. Sigo sin saber a ciencia cierta qué fue lo que me decidió a ir. Un poco de morbo o curiosidad, o la sola expectativa de algo de desmadre, tal vez sea lo que me llevó a asistir al primer (quién sabe si también último) Festival de Rock Aguas Zero.


Hasta después supe que el eventillo llevaba tan desafortunado nombre. Esto era lo de menos, pues en realidad lo "atractivo" del asunto era que el cartel de dicho remedo de festival estaba encabezado por (lo que queda de) La Maldita Vecindad y Los Hijos del Quinto Patio. En segundo orden de importancia, se anunciaba la participación de Panteón Rococó (qué mamada de nombre, la verdad), que en mi caso, más que un aliciente para asistir al toquín, fue una circunstancia disuasiva, pues, sobra decirlo, el grupo en cuestión, no es para nada de mi agrado. Además de esas bandas, aparecían como otras tres o cuatro de menor importancia.


Esto fue el sábado pasado, y estaba anunciado que empezaría a las 5 de la tarde. El escenario: el foro llamado La Megavelaria, que no es otra cosa que una gran explanada con una especie de toldos o lonas, también de gran tamaño, que en otros tiempos fue un conjunto de canchas de básquet y de fut (a donde nos íbamos a echar cáscara cuando nos la pinteábamos de la secun, hace ya bastantes años). Como dije, yo fui para ver a La Maldita, así que calculé llegar al lugar cuando los demás grupos ya hubieran acabado su show y así evitarme el sufrimiento de escucharlos. Como a las 8 se me hizo bien llegar. Cuál fue mi sorpresa, que a esa hora no había demasiada gente y que además apenas iba a empezar a tocar Panteón Rococó. Ni pedo, pensé, ya estamos aquí. Por fortuna, como en cualquier evento, no pudo faltar la cerveza, así que mi consuelo fue echarme algunas y quedar ya bien entonado para cuando entrara La Maldita.


Me tomé unas cuantas, mientras me percataba de que los demás asistentes al evento andaban echando su desmadre mediante el antiquísimo y obligado rito del slam. No lo pensé dos veces, y ahí me tenían metido en los chingazos, sí, con las rolitas ramplonas del Panteón. El razonamiento para justificar tal proceder fue el siguiente: si en los bailes, donde la música que se toca no me gusta para nada, ahí ando dance y dance y echando desmadre, pues en la situación actual no tenía por qué ser de otra forma. Qué bueno que relajé mi puritanismo un poco, porque la verdad me la pasé muy chido durante la actuación del grupo en cuestión, con todo y que su sonorización era malísima -por insuficiente y mal ecualizada-, no se diga sus canciones, que reiteran en su estructura el sonsonete más rudimentario y gastado del Ska y cuyas letras, a más de chabacanas, son profundamente cursis e ingenuas (ahí están esas mentadas de madre a la inteligencia que se llaman Vendedora de Caricias y La Carencia, como ejemplo).


Eso sí: bailé y bailé, eché el slam, pero no canté. Ni pedo ni marihuano ando cantando eso. Reitero, con todo, me la estaba pasando muy bien. El culmen de la actuación de Panteón Rococó vino cuando tocaron la esperadísima La Carencia. Todos esperaban esa pieza, hasta yo, pero no se piense mal, solamente por las posibilidades que ofrecía en el terreno del slam. Y sí, no nos decepcionó: el slam se puso chingón con esa cancioncita, sobre todo cuando sonaba el riff que la identifica. De que el grupo prendió, eso que ni qué. Es innegable. Que son unos cegehacheros e izquierdistas trasnochados e ingenuos (muestra de ello, su manta del EZLN agarrada de un ampli y las letras de algunas de sus canciones), también es cierto.


Dado que una vez que se calmaba el slam, había una confusión general en los alrededores y zonas de influencia de éste en lo que al posicionamiento de la concurrencia se refiere, aproveché durante todo el toquín de Panteón Rococó (insisto, qué mamarrachada de nombre) para irme clavando más y más entre la gente, y así acercarme, junto con Alma, cada vez más al escenario. De estar mucho muy atrás, quedamos a escasos tres metros del escenario. Mañas que se le pegan a uno.


Ya como a las 10:30 de la noche apareció el grupo esperado por tantos años por acá (hasta donde yo sé, corríjaseme si yerro, nunca habían venido a Aguascalientes, o al menos tendrían unos 15 años sin visitarnos): La Maldita Vecindad y Los Hijos del Quinto Patio. Igual prendieron al personal; igual todos coreaban sus canciones. Abrieron con Solín, con la que al parecer muy frecuentemente inician sus gastadísimos –hay que decirlo- shows. El repertorio también incluyó El Circo, Un Poco de Sangre, Ya lo pasado, pasado; Don Palabras, El Tieso y La Negra Patudona, perdón, La Negra Soledad; Los Agachados, Morenaza, las obligadas Pachuco y Kumbala y como otras dos o tres que no logré identificar. Tocaron poco en realidad, ni hora y media. Lo bueno vino cuando interpretaron la ya mencionada Pachuco, que se presta como ninguna otra para aventar chingazo limpio al prójimo mediante el slam. Eso sí lo tengo que decir: perroncísimo slam con esta canción, con todo y que había un cabrón de generosas carnes y buena estatura que andaba sin playera en el aventadero, todo pinche sudadote, no como puerco, pues estos, contrario a la creencia popular, no sudan, pero sí como cualquier otro animal que dentro de sus funciones orgánicas cuente con la de transpirar. Todos lo trataron de evitar, previniendo que en alguna embestida les fuera a untar un poco de sus salados y cervecientos jugos. Sí me anduvo dando asquito.


Cerraron con Kumbala, tal vez su canción más choteada, situación esta última propiciada por la misma agrupación. El grupo alcanzó una buena ejecución de su obra, lo cual no podía ser de otra forma considerando que su repertorio, en relación al tiempo que lleva de existir la banda, es bastante reducido. Tocaron bien, a secas, pero no pude evitar sentir algo de pena ajena con la banda en general: han llegado a ser una caricatura o un mal fusil de sí mismos. Se quedaron estancados musicalmente hablando, y en general en todos los aspectos. La verdad sea dicha, nunca pudieron superar el gran éxito que significó el magnífico disco de El Circo, que les dio fama mundial (sí, mundial), y los llevó a aparecer desde en el legendario y respetadísimo show de la BBC de Londres Later… with Jools Holland, hasta en la revista SPIN, que consideró a dicho álbum como uno de los mejores de la década de los noventa. El Baile de Máscaras pasó más bien sin pena ni gloria, así como el penoso Mostros, de 1998, que es su último disco de estudio y que engrosa mi colección personal (no me juzguen, me lo regalaron en una navidad). Han venido un par de recopilaciones más y algunas participaciones en tributos. Es todo, y parecería que la banda ya no dio para más y que se conforma con tocar las mismas cancioncitas desde hace muchos años, y que las mismas les sean coreadas, sin cuestionamiento alguno, por los fans, que a su vez parecen no cansarse de recibir pan con lo mismo.


Por si fuera poco, la pose del grupo, o al menos de Roco(¿có?), su frontman, sigue siendo la misma: por un lado llenarse la boca hablando del gran Tin Tán, de la época de oro del cine mexicano y de cómo ésta influencia a su música; por otro lado, echando un choro populista y seudo izquierdista que a estas alturas, por su reiteración metódica, sólo produce bostezos, sin mencionar las sandeces ésas de "paz y baile", "buena vibra", "bailando se entiende la gente", "no hay fronteras, todos somos hermanos", y así por el estilo. Por su lado, el buen Sax, haciendo también su desmadrito un tanto penoso, aunque bueno, también hay que apuntarlo, esta vez sí guardó compostura, no como hace unos meses, cuando vino a tocar al Rock n' Driks, que, dicen las malas lenguas, se puso bien pedo, pero pedo, y se andaba agarrando a madrazos con el que se le pusiera en frente. Decía que todo lo anterior da pena. Y dirán ustedes, lectores, ¿a qué chingados vas a verlos si tienes esa opinión de ellos? Lo dije supra, sólo por morbo y curiosidad; además, eso sí, para no dejar pasar la inmejorable oportunidad de echar el slam con Pachuco. Creo que esto último valió la vuelta.

lunes, 3 de noviembre de 2008

No se olvida ...la necedad*



Año con año, desde hace una década, recuerdo que se conmemora uno de los sucesos más infames e ignominiosos de la reciente historia de México. La primera vez que me enteré de ese hecho histórico, punto de inflexión en el devenir de la vida en nuestro país, tenía alrededor de 15 años de edad. Nunca antes había sabido nada al respecto, en parte por mi corta edad y el poco interés que mostraba hacia las cosas públicas, y también, el sigilo con el que durante tres décadas se trató el tema. Recuerdo que cuando se reveló a mi reducido entendimiento los cruentos acontecimientos, sentí una profunda sacudida y simpaticé de inmediato, como el rebelde adolescente que era, con la heróica causa -que paradógicamente ignoraba casi por completo- que defendieron los integrantes del movimiento estudiantil del '68, y pretendí identificarme plenamente con su ideología. En fases de la vida como ésa, en que uno busca su propia identidad, y con ello la pertenencia a un determinado grupo, fue decisivo el descubrimiento de un hecho de tal importancia (la cual, en ese momento no pude dimensionar). Pero nada más pasado el mes de octubre, que es el que se habla en los medios de comunicación sobre el tópico, terminó mi inquietud, solo para volverse a recuperar en los mismos periodos de los años siguientes.

Hace exactamente un mes se cumplió 40 años de la matanza de Tlatelolco, ocurrida en la Plaza de las Tres Culturas, en el Distrito Federal, el 2 de octubre del año 1968. Pasaron diez años desde que tuve un primer acercamiento a los hechos. Aun cuando hace relativamente poco tiempo me propuse indagar cuáles habían sido las causas del movimiento y cómo se había desarrollado propiamente la masacre, siempre me causó indgnación, pues representó la más violenta y desproporcionada de las represiones de que se haya tenido noticia en mucho tiempo en México. Era algo así como los malos contra los buenos, con una aplastante victoria de los primeros. Seguramente era una percepción maniquea del problema, mas era la única que podía concebir en esos entonces, hace diez años. Hace diez años, a la edad de 15.

Después de esa indagación, si se quiere superficial, de los acontecimientos del '68, pude conocer las causas del movimiento, sus objetivos, un quantum mucho más verosímil que el que proporcionaron en su momento las fuentes oficiales de las personas masacradas en la matanza, y de las que fueron confinadas por su sedición en las más oscuras mazmorras del Palacio de Lecumberri. Pude comprender un poco mejor la magnitud de lo sucedido y su importancia histórica.

Por lo anterior, que considero una legítima empatía con el movimiento estudiantil del 68, o cuando menos un aceptable, si bien elemental, conocimiento del mismo, llegan a causar una profunda indignación ciertas actitudes tomadas por algunas personas que se dicen contestatarias o, mucho peor atrevimiento, de izquierda. Individuos que con los más intrascendentes y mezquinos intereses, lucran con el movimiento a costillas de éste y sus mártires, lo aprovechan en beneficio de apetitos desmedidos de la más distinta índole.

En mis años como estudiante de licenciatura, cuando cursé la carrera de Derecho en la Universidad Autónoma de Aguascalientes, era común que los día 2 de octubre se armaran, cómo decirlo, manifestaciones de diversa naturaleza, supuestamente -ése era el pretexto- para conmemorar el movimiento y honrar a sus mártires y héroes. Así, había desde tocadas aisladas, hasta reuniones en que se leía algunas de las proclamas del Consejo Nacional de Huelga, fragmentos de textos relacionados con la matanza, aderezadas con la interpretación desde el ronco pecho de algunos de los participantes de las más cursis canciones de protesta. También había (seudo) poesía alusiva a los sangrientos sucesos. No faltaban, tampoco, las velas, mantas y demás ornamento como escenario del indignante ejercicio. Ah, y claro, lo llevaban a cabo en la noche, para que quedara, según sus propias palabras, más chido.

Si uno tenía la osadía de asomarse a esas ceremonias de la ignorancia y la pretención, podía percatarse de la presencia de estudiantes, casi en su totalidad, de las carreras humanísticas de la Universidad, con excepción de la de Derecho, conformada por gente más bien apática y aseada que ve con cierto asco (puramente estético, no intelectual) a las otras carreras humanistas, más cercana (no porque así deba ser, sino porque así es) al perfil del contador público o del administrador de empresas, que al del filósofo, historiador o politólogo. Las carreras de Letras Hispánicas, Historia, Sociología, Filosofía y Ciencias Políticas se encontraban representadas en tales actos. Los estudiantes de estas disciplinas, que casi por definición se conciben como progresistas, rebeldes, anti-stablishment, subversivos, insurrectos y de izquierda, eran los protagonistas de tan penosas actividades que no hacian más que revelar su honda ignorancia, su lastimera superficialidad y su índole innegable de lo que los angloparlantes llamarían poser.

Siendo los estudiantes que se supone más profundos e intensos, con mayor compromiso con las causas sociales y bla, bla, bla, son los que llevan a cabo numeritos de esa calaña, que llevan implícito el desconocimiento histórico que en un estudiante de administración, de relaciones industriales o de contaduría, sería comprensible, pero que en un educando adscrito a las ciencias sociales resulta inadmisible.

Durante mi estancia en la universidad, pude ver que año con año se llevaba a práctica la misma necedad, así que presumo, con base en el experiencia y en mi pesimismo casi metódico, que durante años posteriores, incluso el actual, se ha seguido perpetuando. Ahora que poco o nada me involucro en la vida estudiantil de la U.A.A., me he podido percatar de que el mismo ímpetu por la pose y el mismo oportunismo se ejerce fuera de las aulas. El pasado 2 de octubre de 2008, en la Plaza de la Patria o Plaza de Armas (nunca he sabido a ciencia cierta cuál es realmente su nombre) de esta ciudad de Aguascalientes, había una especie de tocada de unos jóvenes, que entre canción y canción "disertaban" sobre lo tocante al movimiento estudiantil del '68, y que interpretaba una música que dudosamente puede calificarse como rock, pero que pretendía, claro, serlo. Lo que hacía a su actuación alusiva al tema era solo eso, los comentarios entre canción y canción (las cuales, por lo poco que escuché, no tenían mucho que ver con el tema). Y ya, eso era todo. En el fondo, seguramente los ingenuos aspirantes a músicos debieron pensar que había sido un gran homenaje, e incluso por momentos habrán sentídose una parte del movimiento.

Me di cuenta de lo ocurrido en la plaza minutos antes de entrar al Teatro Morelos para presenciar una obra de teatro intitulada "El mañana nunca sabe", a la que un amigo me había invitado, pues se trataba de una puesta en escena de otro conocido de él, en este caso alusiva, también, a la nefanda represión acaecida el 2 de octubre de 1968. No sé en principio por qué fui, ya que esperaba lo peor: un ejercicio similar al que he condenado en párrafos que preceden. Pensé mal y acerté. La obra narraba la historia de dos hermanos que vivían en un departamento del edificio Chihuahua, adyacente a la Plaza de las Tres Culturas, un hombre y una mujer, al parecer mellizos, el primero de los cuales había sido herido durante el altercado. Solo estaban esos dos personajes, esperando que aparecieran sus padres, que habían salido no recuerdo a dónde. Y con esa premisa, la trama se desarrolla con una discución entre los dichos protagonistas, en la que el hermano defendía al movimiento estudiantil y la mozuela lo condenaba, o al menos lo sometía a las más "racionales" críticas; mientras tanto, se supone que afuera, en la plaza, se desenvuelve la abyecta represión.

Así, discutieron y discutieron, hasta que al final diéronse cuenta (o aceptaron) que toda la vida habían estado enamorados uno del otro, y terminaron entregándose a sus primitivos impulsos eróticos, para consumar el que tal vez sea el más gratuito e injustificado de los incestos que han sido dramatizados jamás en una obra de teatro (¿?). Así nada más, de buenas a primeras. El joven, después de la ardua jornada y con motivo de la herida que habían inflingido en la plaza, amaneció muerto, seguramente sin presentar después el signo tanatológico de la eyaculación post mortem, pues, como se dijo, horas antes había derramado su sediciosa simiente en las reaccionarias entrañas de su amada. En resumen, la obra fue un ejemplo más de las posibilidades que ofrece el ejercicio de la actividad que aquéllos a quienes agrada usar eufemismos denominan onanismo psicológico.

Según he tratado de establecer, y siendo ése el propósito de este post, desde mi perspectiva las diversas prácticas a las que me he referido resultan por demás indignantes y ofensivas contra lo que realmente representa el movimiento estudiantil del '68 y la matanza del 2 de octubre. Un acontencimiento histórico de la importancia de la masacre estudiantil de Tlatelolco, no puede utilizarse como excusa o pretexto para efectuar actividades tan superficiales, para lucimientos personales, o para ostentarse ante los demás como una persona progresista, profunda, intensa, preocupada del entorno social, pacifista, políticamente correcta. Es una afrenta a la razón y al buen juicio, pero sobre todo, insisto, a los mártires del movimiento, a los héroes caídos y a sus deudos. Todo una movilización social, que en su momento tal vez no era consciente de la magnitud e impacto que tendría en la vida política del futuro del país, pero que seguramente estaba al tanto de la responsabilidad e importancia que implicaba, no se realizó para servir después como motivo de juego y ligerezas por parte de nuestros incultos jóvenes (y no tan jóvenes).

Vergüenza debería darles a esas personas relacionar sus intereses y afanes de protagonismo y pueblerina celebridad con un asunto tan serio y tan importante. Porque finalmente eso es lo que persiguen tales individuos: reconocimiento, fama, relaciones públicas, y a final de cuentas les importa poco el medio del cual se habrán de servir para lograr esos propósitos. No sé cómo recibirían los verdaderos mártires del movimiento, los que realmente lucharon en él, las actitudes a las que me he referido en este texto, pero me inclino a creer que seguramente las reprobarían, o ya, de plano, se reirían de ellas.

Precisamente por no caer en el mismo vicio que estoy criticando, de aprovecharme de la curiosidad que despiertan los acontecimientos del 2 de octubre del 68 en el mes en que se conmemoran, escribo este texto un mes después, si bien la inquietud de expresar la tesis que sostiene la tengo desde hace algún tiempo.


*Originalmente publicado en el blog El Canto del Zenzontle, Ave de las 400 Voces (http://www.cantodelzenzontle.blogspot.com/), el día 2 de noviembre de 2008.

domingo, 28 de septiembre de 2008

El tianguis de libros


Se sabe que el mexicano no lee. Bueno, al menos eso se dice. La última encuesta realizada revela que se lee 2.96 libros por persona al año en el país. El problema deriva fundamentalmente de la deficiente educación que proporciona el Estado, ocasionada por la poca atención que se presta a este importantísimo rubro. Tanto la federación como los estados -e incluso los municipios- carecen en general de políticas públicas claras, concretas, bien definidas, en materia de educación pública y cultura, y se relega este tema en su agenda política como algo secundario y menor.


Ejemplo de lo anterior es la magra difusión que se da en el Estado de Aguascalientes a la cultura en general, y a la lectura en particular. Conocida por ser una entidad conservadora, cerrada, pueblerina y bastante mocha, no podía esperarse un escenario diverso, menos aún con un gobierno de derecha como el que durante dos sexenios le ha tocado padecer. El remedo de política en materia de fomento a la lectura -y por ende a la cultura-, consiste en la organización y celebración de la anual Feria del Libro, instrumentada por el Instituto Cultural de Aguascalientes. Ese solo evento -que, como se verá a continuación, resulta de verdadera pena ajena- cristaliza en su totalidad los tibios esfuerzos del estado en el importante rubro de promoción de la lectura.


Tuvo lugar en la ciudad de Aguascalientes, municipio de igual nombre, capital del Estado que también se llama así, la "Cuarenta (sic) Feria del Libro del Instituto Cultural de Aguascalientes", del 20 al 28 de septiembre de 2008. Caray, desde el título de "Cuarenta" Feria del libro, estamos mal. Lo correcto habría sido: "la Cuadragésima Feria del Libro...". Pero no, quedó como la Cuarenta Feria del Libro. El anuncio, el título de un evento que supone una fiesta de la cultura, se formula sin la menor ortodoxia gramatical, con una patética ignorancia de los números ordinales y su función.


Desde que recuerdo, sobre todo desde que el evento se aloja en las instalaciones del Museo Descubre, siempre ha sido la misma feria: mismas deficiencias, mismos vicios. Para empezar, la cantidad y calidad de los expositores es muy reducida. Hay muchos que sólo ocupan espacio para que la feria se vea algo grande, pero que en realidad no tienen mucho que ofrecer en cuanto a material de lectura. Y son los mismos expositores que año con año cumplen la misma función escenográfica en la feria. La mayoría de las editoriales representadas ellos son más bien prescindibles, menores; bien pudieron no estar y nadie habría sufrido aflicción alguna.


Ni qué decir de los participantes que ni siquiera expenden libros. Está el tipo que en cada edición de la feria ofrece a los visitantes juguetitos de madera para retar a la inteligencia, que según mi punto de vista nada tendría que hacer en el evento. Está también el que vende discos usados. Mas merece especial atención el stand de "los libros más pequeños del mundo"; pequeños objetos que pretenden ser libros, pero que resultan en la mayoría de los casos ilegibles e imprácticos. Grandes obras de la literatura universal están disponibles en ese "formato", que se vende como algo muy mono, o como la última curiosidad en términos de las posibilidades que el más ramplón naquismo ofrece. "Ay, mira, los libritos", dicen los incautos, maravillados por la puntada. Estos libros pueden utilizarse para cualquier cosa, excepto para leer. Lo peor del caso es que uno de los puestos más concurridos del tianguis librero es el que expone estos objetos que en sí mismos encierran toda la pobreza cultural implicita en la feria.


Mas lo anterior resulta una minucia, comparado con otros problemas que presenta la feria. El primero de ellos es la poca de variedad en las obras que se ponen a la venta. Los mismos libros de todos los años están presentes; no hay novedades, no porque no existan, sino porque tal vez el mercado aguascalentense no sea tan exigente y no conozca sobre las últimas ediciones tiradas. Los mismos libros, en su mayoría, pero un poco más caros que el año anterior. Por lo general, las obras que se expenden tienen un precio igual o mayor a aquél al que se ofrecen en librerías de la localidad, y la mayoría de ellas puede conseguirse regularmente en éstas.


Representantes de editoriales como Alfaguara y Paidos, que son las que de repente muestran alguna novedad, manejan precios realmente altos, ajenos, según mi parecer, al propósito del fomento, promoción y difusión de la lectura que, al menos en teoría, debería tener la feria. Muchos de los expositores son chilangos, así que vienen a nuestro humilde Estado a querer hacer su agosto con gente que, según ellos, no conoce cuánto cuesta realmente un libro en cualquier tienda, o que pagaría cualquier precio por obtener ediciones que ni por obra de la casualidad podrían llegar a este pueblo cacahuatero, dejado de la mano de Dios. Todo lo anterior, obviamente, con la complascencia de los organizadores del evento, quienes, bajo la consigna de respetar las leyes del libre mercado (es un gobierno panista a final de cuentas), ni las manos meten para tratar proteger los bolsillos de los ya de por sí jodidos lectores (me incluyo entre ellos).


Se supone que la finalidad de una feria del libro (ahí está el caso de la FIL de Guadalajara) es promover la lectura, no servir de espacio para que un grupo de marchantes expenda sus mercancías. Para eso hay mercados, hay tiaguis. Para eso ni siquiera se necesita la intervención gubernamental (fuera de la expedición de permisos y licencias municipales). Si van a ir los expositores que quieran, a vender las porquerías que les plazca al precio que mejor convenga a su afán especulativo, para qué hacer todo el numerito de la feria del libro, del suceso cultural que debería representar. Total, que se organice un tianguis dominical de libros y películas piratas, chicles, chocolates, muéganos, cacahuatitos, en la Plaza de la Patria y asunto arreglado. No se gasta tanto presupuesto a lo pendejo (no quiero ni pensar cuánto se expensó por concepto de marketing del evento) y el efecto es prácticamente el mismo (o incluso mejor, dado que sería un tianguis semanal). ¿Que hay otros eventos dentro de la feria, como presentaciones de libros, tocadas y círculos de lectura? Pues sí, ¿y qué? Esos son elementos accesorios. ¿Qué nos ganamos con que haya todo eso si los libros no son accesibles y no hay variedad ni novedad en los mismos? La incidencia en los hábitos de lectura de la gente es la misma.


No puede hablarse de que haya un apropiada difusión de la lectura, mediante las ferias del libro, si no se comienza por propiciar la oferta de una mayor diversidad de obras, a precios significativamente más accesibles que los que se pueden conseguir en las librerías. Así, tan sencilla pero tan difícil es la cuestión, y hasta en tanto la autoridad encargada de la organización de estos eventos -en este caso el Instituto Cultural de Aguascalientes- no quiera entenderla, seguiremos en las mismas, con una feria mediocre e intrascendente, una verdadera feria de pueblo.

domingo, 7 de septiembre de 2008

Chilango ¿incomprendido?


Mientras intentaba desesperadamente bajarme la peda con unos sorbos de coca-cola tibia y sin gas, encontrándome en un lugar cuya ubicación todavía desconozco, sentado, abatido, presa de la confusión, mirando como una mujer yacía en el piso esbozando ininteligibles balbuceos, me vi envuelto en una acalorada -y pacheca- discusión de la que ignoro el origen.


Lo que recuerdo fue que, como acostumbro, emití un juicio despectivo, si bien sincero, sobre los chilangos; o bien, pudo ser que haya dicho simplemente cómo los odio. Craso error: mi insolencia desató una agitada polémica -improcedente y ociosa, según se verá más adelante- sobre el significado de esa expresión. Lo que fue un comentario producto del aburrimiento y la desazón que imperaba en la atmósfera, se convirtió en motivo de un heterodoxo debate semántico.


"Estás mal", dijo alguno; "chilango no es el que nace en el D. F., sino el que llega a vivir ahí, proviniendo de provincia." "Ah, cabrón", dije perplejo. No me caía el veinte. Refuté con un lacónico "no" tal afirmación, sólo para recibir la avasalladora avalancha de comentarios emitidos con la finalidad de secundar la tesis de mi primigenio interlocutor, al unísono de: "Sí, güey". Breve, pero elocuente.


No creía lo que escuchaba, y como se talla los ojos el que cree haber presenciado un espejismo, traté de remover el rancio cerumen que se aloja en mis oídos, con el propósito de disipar la confusión. Pero nada cambió, pues lamentablemente había escuchado a la perfección. Qué pena.


En alguna otra ocasión había oído a alguien sentenciar en iguales términos: chilango no es el oriundo del Distrito Federal, sino el que emigra hacia ese lugar desde el interior de la república. En aquel entonces, recibí con escepticismo el aserto. Me pareció una de esas cosas que dice la gente zafia que tiene ingenuas -pero no por ello menos desagradables- pretensiones de corrección; la misma gente que afirma que no hay vasos de agua sino con agua (ignorando las diversas connotaciones de la preposición "de", una de las cuales indica contenido), o que pretende que en castellano la v y la b se pronuncien de manera diferente; la gente que hace de la ultracorrección una molesta costumbre.


Así, decía, siempre me pareció dudosa esa afirmación. No me convencía, a pesar de que no me había dedicado a dilucidar la cuestión. Anoche, en la discusión, los argumentos que fueron expuestos, más bien pueriles, no cuadraban, eran dudosos, incluso el de autoridad que quiso hacer valer uno de los presentes, en el sentido de que el propio Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua sustentaba la definición de la que era partidario, dándose golpes de pecho como quien defiende la palabra de Dios con la Biblia en una mano. Como dije, nunca investigué antes si era acertada la apreciación cuestionada, pero en el momento me surgió la siguiente duda con respecto a ella: si se trata de un gentilicio, por definición, no puede dejar de referirse a las personas originarias del lugar, aunque por extensión pueda aplicarse a otras que, sin ser oriundas, se han avecindado ahí.

Tan sencillo como eso. Lamentablemente, la tesis que me empeño en debatir en este post era compartida por todas las personas presentes, excepto yo, obviamente (ah, también estaba otro chavo en un rincón de la sala que seguramente había aprendido a dormir con los ojos abiertos, que no intervino para nada). Concluí -y lo corroboré después- que mis interlocutores se habían ido con la finta en el tópico en cuestión, sumándose a las numerosas víctimas de ese mal lingüistico llamado ultracorrección.


Lo que empezó como un debate semántico (al menos en el papel), que daba la oportunidad a introducir cuestiones históricas, sociológicas y etimológicas, terminó en una indiscriminada y generosa expresión de las más inverosímiles sandeces. Como siempre he sido una persona obstinada, sobre todo tratándose de discusiones, lo primero que hice hoy domingo fue ingresar a internet y buscar en Wikipedia y en la página de la RAE la definición que nos ocupa. Mis detractores debían estar equivocados, cómo de que no. Y en efecto lo estaban, pues ambas fuentes confirmaron lo que yo anticipaba: chilango es el oriundo del D. F., principalmente el nacido y radicado ahí, y por extensión el originario de otra parte de la república también avencindado en el lugar, con el suficiente arraigo para haber adoptado las nefastas costumbres que han hecho de los chilangos un grupo odiado por muchos.


"Ja, ja, ja", reí. Gocé. Había triunfado y disfruté complacido la victoria. Me regodee un rato y me puse a escribir este post. El que ríe al último, rie mejor. Y toda esta situación me hizo reflexionar acerca de cómo nos llegamos a obstinar con una idea aunque no tengamos fundamento para sustentarla, y la defendemos a morir. Es absurdo afirmar algo que no es demostrable, algo que no se sabe de la fuente de la que se debió tomar, sino de otra carente de legitimidad. Pero ahí estamos, como mensos. Seguramente en estos momentos mis opositores estarán tratando de corregir a alguien por pedir un vaso de agua o por pronunciar a v igual que la b, con el propósito de parecer cultos y paladines de la corrección. Ya los oigo: "No, güey, no hay vasos de agua; hay de vidrio, de plástico, de barro, pero de agua no. Se dice vaso con agua, pendejo." Dios los perdone.


Lo interesante sería averiguar de dónde surgió esa idea errónea sobre el significado de la palabra chilango. Me aventuro a conjeturar que justamente la inventaron los propios chilangos, los nacidos y habitantes de la Ciudad de México, en un intento desesperado por quitarse el estigma que hace algunos lustros los marca, como personas fundamentalmente maleducadas, gandallas, ventajosas, agresivas, habladoras, echadoras, fantoches, deshonestas y manipuladoras. (Como no soy idiota, no puedo afirmar que todos los chilangos sean así, sólo que esas cualidades son las que revisten al típico especimen de esa raza.) Como para decir, "nosotros no somos los chilangos (o sea, los culeros), sino las personas 'de provincia' que se vienen a vivir acá." Buen intento; convencieron a más de un incauto.