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miércoles, 4 de agosto de 2010

Fuego (o Para de mamar, Guillermo Arriaga)


Un cliché muy gastado y ñoño dice que el hombre es el único animal que se tropieza con la misma piedra más de una vez. Esto es, uno la vuelve a regar muchas ocasiones de la misma manera, sin atender a las enseñanzas que nos ha dejado la experiencia. Naturalmente, a mí me ha pasado bastante, y seguramente me seguirá pasando, pues es difícil que a uno se le quite lo wey, sino que, por el contrario, esta cualidad parece acentuarse según transcurren los años.

El colmo de esta situación llegó hace unos días. Me encontraba de paseo con mi novia y pensamos que sería buena idea ir al cine. Qué película (pe-lí-cu-la, pe-lí-cu-la, no "peli" como mamona y pretenciosamente, queriendo sonar muy cool, dice la chaviza de hoy) habríamos de ver; ésa era la cuestión. Se me ocurrió sugerir, incauto de mí, la de Fuego (The burning plain), del guionista y ahora metido en director Guillermo Arriaga (tal vez lo recuerden por bodrios como Amores Perros, 21 gramos, y El búfalo de la noche, en su labor como guionista). Me acordé vagamente que en televisión alguien (mi peor enemigo, como se verá más adelante) la recomendó, mientras entrevistaba a su creador, el aludido "cineasta" mexicano, y ello fue razón suficiente para que soslayara la pésima experiencia que había tenido al ver las otras películas escritas por él, particularmente Amores perros y El búfalo de la noche (esta última, la peorcita), y optara por entrar a ver su nueva y flameante cinta, de nombre ya indicado.

Iban como 30 minutos de la película y ya me había arrepentido. Anticipé desde ese momento que se trataba de una gran mamada; y no me equivoqué. Se trató de una historia plana y aburrida, pero sobre todo inverosímil y pretenciosa hasta decir no me jodas. En otro post hablé, al comentar la cinta de Paranormal Activity, de que el cine se había vuelto un medio cada vez más socorrido para la práctica milenaria de la chaqueta mental, y este film no hizo sino confirmar mi aserto, pues Guillermo Arriaga, como pocos, la ha llevado a extremos de pretención y autocomplacencia notables. El argumento, los diálogos, el final, todo, una mamada tras otra. Veamos por qué.

Para empezar, el argumento es inverosímil, irreal, forzado, y sí, perdón por la reiteración, una jalada: Una jovencita gringuita de un poblado fronterizo (en la película no se menciona dónde exactamente) descubre que su madre, que anda ya en los cincuentas, anda de cabrona, esto es, tiene un amante, engaña a su esposo con otro wey. Ella es la única que sabe y, como siempre, el último en enterarse es el cornudo del marido. Al parecer, el descubrir que su jefecita anda en malos pasos vuelve a la muchacha un tanto amargada y a la postre, como veremos enseguida, termina por deschabetarla. El amante de la doña (dignamente interpretada, hay que admitirlo, por Kim Basinger) es un mexicano vecino del mismo poblado, que a su vez tiene su propia familia, esposa e hijos.

La senil pareja constituye su nidito de amor en una de esas casas rodantes, tan populares entre los white thrash gabachos, que se encuentra en medio del campo, alejada del mundo, donde no hay justicia, ni leyes ni nada, nomás su ilícito amor. Pues total que la muchacha, hija de la señora, se obsesiona con el amorío que tiene su madre y decide seguirla hasta el lugar donde ésta tenía sus encuentros adúlteros. Así, se convence plenamente de sus hasta entonces sospechas, e incluso tiene la oportunidad traumática de ver a la autora de sus días bien montada en su mexican curious. Fuera de sí, planea vengarse de la afrenta causada por su madre a su familia, y decide que la mejor manera de hacerlo es meterle un susto prendiéndole fuego a la casa rodante, mientras efectúa el acto copulatorio con su querido. Y así lo hace; nada más que se le pasa un poco la mano, situación comprensible si consideramos que en eso de la pirotecnia se requiere un mínimo de pericia de la que los principiantes carecen, y hace explotar el mueble, que termina ardiendo como las llamas mismas del averno.

De hueva, ¿no? Una novela, ¿no? En fin, apenas estamos comenzando. Cuando se descubre el accidente, se revela el dato gratuito de que los desdichados amantes se quedaron literalmente fundidos uno con el otro, pegados, pero no como perros, que a éstos con arrojarles un poco de agua basta para que, después de un forcejeo acompañado de lastimosos lamentos, se separen, no, sino como dos piezas que se juntan y se vuelven una sola. Hubo necesidad, se dijo, de cortarlos con una navaja para separar los cuerpos (otro dato innecesario). Las familias, al enterarse de las circunstancias en las que se produjo la muerte, se volvieron enemigas, como es entendible. Pero en este punto comienza lo irreal, lo inverosímil de la trama: resulta que la muchacha, que quedó severamente trastornada por el incidente, comienza a verse a escondidas con uno de los hijos del finado amante de su mamá, a primeras instancias de éste, que fue el que comenzó a acercarse. Para no hacerla larga, se vuelven algo así como novios, y "recrean" algunas de las hazañas amorosas de sus padres, o incluso más osadas: dormir y follar en el lecho marital, vistiendo las pecaminosas ropas de sus predecesores.

Ambos jóvenes orquestaron ese amor prohibido, pero quien parecía tener motivaciones más oscuras era la muchacha. Para esto, el mancebo no tenía conocimiento de que la responsable de la muerte de su padre era la bella chica. Sus familias por fin se enteran de esa relación perversa y aquellos infelices, despreciados por su gente, huyen juntos y se van a vivir a México. La joven ya va encinta. Pare y a los pocos días abandona al chavo con la hija (uno como quiera, pero ¿las criaturas?). Años después, el chavo, ya convertido en "todo un hombre", sufre un accidente y le pide a un amigo o hermano de él que busque a la madre de la niña, que era la desquiciada muchacha que achicarró a su madre y al amante de ésta. La encuentran y ella después de resistirse un poco, decide volver con la niña y con el hombre, y en este punto termina la cinta, sugiriendo que tal vez la familia se reencontró y vivió feliz por siempre jamás.

O sea, una vil jalada. Me explico: la actitud de la muchacha de querer relacionarse con el hijo del amante de su madre, enredarlo y, como se dice vulgarmente, encularlo, y llevar una relación "prohibida" es irreal, inverosímil, pues en el más elemental sentido común la reacción de dicho personaje debía ser diversa hacia la familia del amante de su mamá, que de paso arruinó la vida de la suya propia. Es decir, ¿por qué le hizo jalón al chavo y le pidió huir con ella? ¿Por qué la joven aceptó el ayuntamiento carnal incluso en el lecho de su madre y con su camisón de señora, si la infidelidad de ésta le ofendió hasta tal punto que decidió prenderle fuego? Se supone que mencioanda señorita vivió atormentada por haber ultimado a su madre por medios violentos -lo que se confirma cuando años después confiesa al padre de su hija mientras este se encontraba inconsciente en la cama de un hospital que ella fue quien hizo explotar el nido de amor de la veterana pareja-; si fue así, esto es, si el evento le produjo tal shock, ¿por qué le dio entrada, insisto, al otro chavo y por qué lo enamoró? Es decir que le empezó a remorder la conciencia desde que nació su hija, pero ¿por qué? Actos más transgresores y procaces cometió y con toda la frescura, sin remordimientos. Es simplemente ilógico.

La historia se resume a una chava que mata a su madre preterintencionalmente, porque descubre que ésta tiene un amante; se liga después al hijo del amante; hacen una criatura por la unión cachonda de sus sexos, la chava la abandona y regresa años después arrepentida, dispuesta a volver a empezar. O sea, una vil telenovela. Ahora bien, la película, a más de aburrida, decíamos, es en extremo pretenciosa, pues quiere aparecer como una obra compleja en la que "se cuenta" muchas historias, difícil de digerir, abstracta, hasta profunda y reflexiva. Para tratar de lograr ese efecto, nuestro fallido director y guionista recurre a la fórmula ya muy gastada por las películas en las que ha intervenido, de no contarlas de forma lineal, sino dando saltos temporales aleatorios, atrás-adelante-en medio-atrás-adelante, y así hacerla más "interesante" ("más chingona", dirá seguramente). Pensó que mantendría en un suspenso casi cardiaco a los espectadores, que los volvería locos, que lo considerarían el más grande director desde Kubrick por esa "novedosa" forma de "contar historias" ("contar historias" ¿hay algo que se escuche más mamón y pretencioso que eso?).

Pero siguiendo el principio de la navaja de Ockham, debemos optar por la explicación más sencilla: al no contar con una buena historia, se optó por narrarla con las alternancias temporales ya indicadas, para hacer más "compleja" la trama y de paso impresionar a más de un neófito ("goeeiii, pinche Arriaga es una verga, goeeiii; o sea, me condundí cañón; osea, sí te pone a pensar, gooeeeeii"). Una puñeta mental. Un churro prescindible como el que más, digno de confinarse al más oscuro de los olvidos.

En una entrevista reciente, el director, orondo por su nuevo estreno súper mega chingón, dijo que le había tomado diez años (¡Diez putos años!) realizar la película, desde que comenzó a escribir el guión. O sea, como diciendo, es de tal complejidad y chingonería, y tan no tiene su putísima madre, que me entretuve harto en escribirla y filmarla. Me quemé la cabeza ideándola; ni pinche García Márquez que se tardó en escribir Cien años de soledad menos de dos años. O sea, diez años, gooeeeiii. Los gringos cuentan con la palabra exacta para etiquetar a un cabrón así: douche.

En resumen, se trata de un penoso ejercicio cinematográfico: pretencioso, mamón, pobre, puñeto, cuyo elemento más rescatable es la escena en que la hermosa Charlize Theron deslumbra a todos con su desnudez maravillosa.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Aléjese: Actividad Paranormal


Desde que el cine apareció como medio de expresión, muchos han sido los caminos que ha tomado y las funciones que ha desempeñado: desde un sofisticado proveedor de diversión y entretenimiento, pasando por por su faceta de inmejorable negocio, hasta un instrumento propagandístico de los régimenes totalitarios y una forma de expresión artística (esto último, en poquísimos casos). Tales son los usos más conocidos o los derroteros más socorridos por los que discurre el llamado séptimo arte.

Sin embargo, existe otro uso que se le da en la actualidad, al que se recurre con una frecuencia francamente preocupante. Hablamos de la puñeta mental. Ahora el cine se ha vuelto un medio más a través del cual puede llevarse a efecto esta antiquísima práctica. Un fenómeno que parecía privativo de otras expresiones artísticas (es un decir), como la música (ahí tenemos a Bunbury, Maná, Panteón Rococó, el pendejo ése del Juan Son, entre un largo etcétera, etcétera), ahora aparece mucho más a menudo en el mundo del cine. Tal es el caso (por fin dejo tanto rodeo y anuncio el tema de este post) de una película gringa llamada Actividad Paranormal (Paranormal Activity), que recién se estrena en carteleras.

Efectivamente, contrario a lo que afirman bastantes personas que dicen ya haberla visto, la cintucha de marras es una gran mamada, una verdadera chaqueta mental, digna de glorias del cine mexicano como Fernando Sariñana, Gael García Bernal (en su chaqueta mental de jugar al director) y, por supuesto, con la mención honorífica correspondiente, Alejandro González Iñárritu. El film relata la historia de una pareja de chavos que unieron sus vidas en amasiato, y que se fueron a vivir a la casa de la mujer, una güereja gordibuena que pese a estar un tanto desabridona, resultaba hasta eso cogible.

Pues ahí tienen que al principio la pareja se la pasa un poco pendejaeando, jugando con una cámara de video que el concubinario seguramente consiguió en el mercado negro. El chavo filmaba a su morra, y así transcurren como de 20 a 30 minutos de la película, lapso durante el cual bostecé en repetidas ocasiones y traté de matar el sueño con alternados sorbos de mi coca light (es que quiero adelgazar) y feroces mordidas a mi bagui, así como con comentarios intelectualoides que tuvo que soportar mi significant other (ya se acostumbrará). La muchacha, cuyo nombre no recuerdo ahora, comienza a platicar sobre ciertos ruidos que escucha en las noches en su habitación, y que extrañamente no provienen del tracto intestinal de su amado -que siempre cena y desayuna frijoles con huevo (no se menciona en la cinta, pero mi sentido arácnido lo intuye)-, ruidos que la aterrorizan y la tienen sin sosiego.

Para tratar de explicar la situación, nuestra heroína, la concubina, busca la ayuda de los expertos en la materia: los charlatanes. Así, se hace de los servicios de un medium que más bien resultó medio putón y le sacó al parche aduciendo que él ahorita casi no andaba expulsando espíritus chocarreros de las casas, sino que sólo hacía limpias con epazote y amarres tipo me haz de amar. Pues total que para esto, el novio, que se sentía Juan Camanei, decidió poner su camarita a grabar en las noches los aposentos de esta simpática parejita, para captar cualquier evento paranormal (y también, no nos hágamos tarugos [Chimoltrufia dixit], grabarse haciéndole la relación a su vieja). Así, logra videograbar, durante varias noches, las fechorías de un supuesto ente sobrenatural (nunca se dice en la cinta qué es o qué pueda ser, según esto para crear más suspense, intención lastimosamente fallida). Y así trascurre otra hora más o menos de la película, entre escenas de cama (no eróticas, lamentablemente) y escenas donde, durante el día, los habitantes de esa casa maldita, concubina y concubinario, se aterorizan cada vez más por lo que pasó la noche anterior, cada vez más perplejos y con una mayor sensación de impotencia ante la situación.

Así se sigue desenvolviendo la película hasta brusco, intempestivo, injustificado y chafa final (el cual no se revelará en este post, porque es de mal gusto, aunque debería como un deber cívico), después del cual más de uno, entre ellos el suscrito, se quedó con cara de what. Tan tan. Eso fue todo. Ahora bien, ¿por qué digo que la película es una vil y corriente chaira mental? Sencillamente porque resulta en extremo pretenciosa. Es una película con un presupuesto de once mil dólares, bastante pedestre, pero que precisamente busca en tales circunstancias constituirse en objeto de culto, en obra de arte. Como decir: "soy bien chingón; hice una película con poca lana, pero como tiene una trama y una dirección súper mega verguísima, eso no importa, sino que la vuelve más chida, y además me muestra como el creativo de creativos. Cáguense de la envidia, compañeros de la carrera de cine; cágate de envidia, Hollywood."

La película se supone que es de terror, pero en realidad sólo un par de veces logra arrancar, entre algunos despistados, un par de medianos sustos. En realidad carece de trama, de historia. Es simplemente una sucesión de escenas sin sentido, tratando patéticamente de lograr en el proceso algún susto gratuito, descontextualizado (al carecer de trama la película, tampoco tiene un contexto claro), y de lograr un final pretendidamente muy espeluznante, que más bien resultó caricaturesco, chafísima y totalmente injustificado, como se dijo.

Y párale de contar. En resumen, una película larga pero aburrida. Una verdadera caca que nos muestra una vez más que allá, con los güeros, también se cuecen habas, y que la chaqueta mental es practicada con regularidad.

Evítese a toda costa esa cinta; no tire su dinero a la basura. No la vea. No la vea.

martes, 22 de diciembre de 2009

Inglorious Basterds (sí, apenas la acabo de ver)

Por muchas razones, pero principalmente por desidia, casi no logro ver en el cine la última y esperadísima cinta de Quentin Tarantino. Afortunadadamente, todavía alcancé en cartelera, en sus últimos días, la exhibición de Inglorious Basterds, película que le ganó tanto críticas como alabanzas al consagrado director estadounidense. Aquí mi opinión sobre la misma, que ha servido de pretexto para retomar este blog, ya tan olvidado por todos, principalmente por mí. No será, por tanto, una reseña ortodoxa de un cinéfilo empedernido, sino simples apreciaciones superficiales de un neófito en la materia. Se obviará, en consecuencia, la descripción de su argumento, presuponiendo que la película ya ha sido vista por el lector.

En general me gustó la película, me entretuvo y divirtió, aunque no se trata, por mucho, de la mejor cinta de Tarantino. La violencia y brutalidad que han sido la nota distintiva de las obras de este creador cinematográfico, no podían dejar de incluirse en el film. Violencia extrema, eso era lo que muchos queríamos ver, y aunque la hubo, tal vez no lo fue en la cantidad que hubiéramos deseado. Los diálogos larguísimos, intensos, locos e inteligentes, característicos también de la obra del cineasta, también están presentes. Así es como se reconoce una película de Quentin Tarantino, con la violencia y los alucinantes diálogos.

La película también contó con buenas actuaciones en general, aunque la mejor, sin duda, fue la de Christoph Waltz, actor austríaco que dio vida al infame Hans Landa, alto mando de la SS nazi, apodado "el cazador de judíos": un hijo de la chingada, un perro, que se dedicaba justamente a eso, a dedear judíos en Francia para que fuesen confinados a los respectivos campos de concentración. La actuación de Waltz fue magistral, auténtica y verosímil; literalmente uno llega a odiar al personaje, a decir: "éste es un hijo de su puta madre." A este tipo, que además hablaba diversos idiomas con gran naturalidad, nadie le veía la cara de pendejo, nadie antes del Teniente Aldo Raine. El sujeto del que hablamos, nada más ganó el premio al mejor actor en el Festival de Cannes 2009.

En general, la película lleva un buen ritmo, salvo en cierta parte intermedia, en la que se vuelve un poco lenta y aburrida. Afortunadamente, el letargo no dura mucho y da paso a un desenlace cruento, el esperado, el obligado, el que todos querían ver, en el que de paso se llevan entre las patas a Hitler, y le voltean la tortilla sabroso al Hans Landa. Decía que se trata de una muy buena cinta, que reafirma a Tarantino como director de culto que le llega a las masas.

Sin embaro, no podemos soslayar algunas cuestiones que deben criticarse, desde mi perspectiva, a la película. La primera, la caracterización caricaturesca de Hitler. No sé si el propósito era ridiculizar deliberadamente a este infame personaje de la historia, pero lo cierto es que en poco coincidió el manejo que se le dió con el verdadero carácter que tenía el Führer (muy bien retratado en la cinta alemana La Caída). Otro punto a resaltar negativamente es la poca acción vengadora y chingativa de los Bastardos que logra mostrarse en la película: únicamente se muestra un par de sus despiadadas hazañas, cuando se habría esperado que se incluyeran más escenas donde estos malnacidos masacraran algunos traseros nazis; en eso sí que nos quedó a deber la cinta.

Pero sobre todo, al final, la forma en la que es engañado, chamaqueado cual líder del Partido Verde, timado, el cabrón del Hans Landa por el Teniente Aldo Raine (interpretado por Brad Pitt) me resultó inverosímil: alguien tan astuto y suspicaz como el alemán no podía entragarse, aun cuando esto fuera una actuación pactada con el ejército americano, prescindiendo de las precauciones debidas, simplemente bajándose los calzones. No resulta creíble, aun bajo el argumento de que tan duro caballero se encontrara momentáneamente cegado por la codicia y ambición de poder y reconocimiento histórico. Como que uno no lo llega a comprar.

En fin. No sé ya qué más decir. Quien vió la película, me entenderá, aunque no esté de acuerdo conmigo. Me gustó, insisto, y me dejó con ganas de más buen cine de Quentin Tarantino. Quién sabe cuántos años debamos esperar para eso.

miércoles, 5 de agosto de 2009

En el país de los ciegos, el tuerto también lo está.


Advertencia: Quien no haya leído Ensayo Sobre la Ceguera, de José Saramago, puede prescindir de la lectura de este post.
Desde que el mundo es mundo (bueno, es un decir -bastante pendejo, por cierto-, ya que no sé desde cuándo ocurre esto), y desde que la pachequez se ha instalado como faro rector de la creación pseudoestética, los diversos artistas en general han recurrido al controvertido -y en la mayoría de los casos desafortunado- experimento de intentar adaptar a su propia disciplina, una obra adscrita a una diversa, naturalmente de otro autor. Así, tenemos libros que inspiran canciones, y a su vez piezas musicales que inspiran películas; pinturas que se musicalizan, obras literarias que se llevan al teatro.

De todos estos experimentos, quizás el más socorrido en la historia de las bellas artes ha sido el de la adaptación cinematográfica de algún libro. Tal es el caso de la Película Blindness (en español la llamaron Ceguera, naturalmente), del aclamado director brasileño Fernando Meirelles, que trató de realizar la colosal empresa de llevar al celuloide la magnífica y grandiosa novela Ensayo sobre la ceguera, del sublime escritor portugués, Premio Nobel de Literatura, José Saramago.

Su estreno pasó inadvertido a mis ojos, y fue hasta hace algunos días que descubrí que ya había sido rodada la cinta, incluso presentada al público. Algo había escuchado yo hace algún tiempo en relación a que se planeaba esa adaptación, pero en realidad no lo tenía muy presente. En cuanto me hube enterado, corrí a rentarla, empujado por la gran expectativa que creaba la traducción visual de dicha novela, por un director ya consagrado que en su currículum cuenta nada menos que con la gran película Ciudad de Dios, que, por decir lo menos, rompe madres. Todo paracía anticipar que se conjugaría una gran historia con una dirección y edición impecables, a la altura de los requerimientos de la obra literaria. Eso parecía en el papel; pero en la práctica, según se irá viendo a lo largo de este post (nótese que siempre tardo mucho echando rollo y haciendo aclaraciones babosas como ésta antes de atacar el sustancioso meollo que pretende trasmitir el texto que se escribe), logramos percatarnos de que muy probablemente, incluso desde el inicio, una pretensión tan ambiciosa estaba condenada al más rotundo fracaso o, cuando menos, a la insatisfacción de quienes han gozado la experiencia de leer Ensayo sobre la Ceguera.

Así como lo oyen, el experimento resultó, si bien no penoso ni patético, sí insuficiente y gris, y dejó a más de uno, o al menos a mí, con un mal sabor de boca. Comenzaré por enunciar que el mayor pecado de la película es haber obviado algunos pasajes de la trama contenida en la novela, como presuponiendo que el espectador ya los conocía, por estar familiarizado antes con el libro. Craso error, puesto que, según mi entender, el propósito de adaptar una obra literaria al cine no es simplemente llenar de contenidos audiovisuales a los elementos de la narración (personajes, ambiente, narrador...), para sustituir a la imaginación del lector, sino muy por el contrario, montar una historia que sea autosuficiente, esto es, que no requiera apoyarse en ninguna otra referencia ajena a ella misma, como en este caso sería el libro del que pretende emanar; una historia que por sí misma sea entendible.

Ésa debería ser la finalidad de la adaptación. Lo demás, y tal fue el caso de la cinta de marras, se queda solamente en un complemento audiovisual de la obra, sólo para que el lector sepa cómo se ven y escuchan los personajes y escenarios sobre los que versa la misma. Sobra decir que cualquier cinta que desconoce este principio está condenada al infortunio y al olvido, puesto que, paradójicamente, como película no sirve. Aquí algunos ejemplos de cómo esta falla que desde mi perspectiva tiene el film, se manifiesta concretamente: casi al principio cuando de súbito comienzan a llevar a los ciegos al nosocomio abandonado, no se explica ni por qué se les lleva, ni cómo, ni por órdenes de quién, ni cuál es el pretexto que se da: simplemente, de buenas a primeras, ya están introduciendo al primer grupo de ciegos, el cual, de forma inexplicable -y, por tanto, inverosímil- logra acomodarse en uno de los tres pabellones con los que contaba el inmueble. En el libro todo esto sí tiene una explicación y por eso el director decidió obviar estos puntos.

También de un momento a otro los ciegos ya estaban acomodados en sus camas; en este caso, se omitió mostrar cómo fue que lograron tan difícil azaña, o al menos que alguno de los personajes lo explicara. Así también sucedió con la organización del primer grupo de ciegos, que era comandado por la mujer del oftalmólogo (el segundo ciego), la cual, a diferencia de sus compañeros, seguía viendo perfectamente bien. También, de repente se mostró que en el edificio en que confinaron a los invidentes había unas cuerdas que los guíaban para ir de un lugar a otro, sin explicar quién ideó eso, o por qué estaban ahí: otra vez obviando detalles que se supone que los lectores ya conocían. Y para no abundar tanto y hacer este post un tanto más digerible, sólo diré que este tipo de detalles fue recurrente durante todo el film.

Ah, pero donde llega a su clímax de torpeza el fallido -y, hay que señalarlo, mentalmente puñetero- ejercicio, es precisamente al final de la película, momento en el que trastoca severamente el final original plasmado en el libro, para con ello crear una intensa desazón y una desagradable confusión en el espectador. No comentaré, por razones obvias, en qué consistió el final en ambos casos; sólo diré que el de la película es una especie de reinterpretación del del libro, al parecer motivado por la apremiante necesidad de ya terminar la cinta de una buena vez sin excederse de las dos horas de rigor. Un narrador/personaje improvisado inexplicable (el tuerto negro [parece albur, pero no lo es], que salió ganón al recibir sexo por compasión de la prostituta grifa [por aquello del lente oscuro]), que pese al estar viviendo los acontecimientos, y al estarse contando la historia en tiempo presente, la narra en pasajes de la película como si ya lo hubiera vivido, como si sólo recordara los hechos; una interrogante sobre el final, que lejos de crear suspense, provoca una sensasión de molestia.

¿Hará falta decir más? En cuanto a lo reprobable de la película, ahí le podemos dejar. Ahora bien, por otra parte, y en honor a la verdad, he de decir que hay cosas buenas, o al menos aceptables en el film. Particularmente algunas escenas están muy bien logradas, tanto por su crudeza como por su precisión y, aquí sí, fidelidad al texto fundamental de Saramago. La inmundicia que reinaba en los pasillos y pabellones del hospital abandonado (¿sí era un hospital? La verdad ya ni me acuerdo), con cacas y orines por doquier y gente encuerada pisándolas y resbalando con ellas. Las escenas donde los ciegos culerísimos del pabellón 3 se dan gusto con las sacrificadas mujeres del pabellón 1, y donde éstas se rebelan. Gente durmiendo desnuda. Las calles hechas un desmadre por la epidemia de ceguera blanca. Es lo rescatable.

Al final de cuentas, ¿qué le podemos reprochar a Mireilles: no haber sido capaz de lograr una adaptación decente del libro, o creer en principio que tal empresa era posible con obtención de buenos resultados? Me inclino más por la segunda opción. Finalmente, esto de las adaptaciones parece más bien un albur: a veces salen bien, muy chingón, incluso superando a la obra original; otras veces, las más, devienen en prescindibles y hediondas cacas (como ejemplo reciente, tenemos la infamia de la película de El Amor en los Tiempos del Cólera). Casos afortunados han sido los de Pantaleón y las Visitadoras, de Vargas Llosa; Rebelión en la Granja (Animal Farm, que, según se dice, inspiró el disco Animals de Pink Floyd), de George Orwell, que no sé quién llevó al cine, e incluso la mexicana El Rincón de las Vírgenes, basada en el cuento de Anacleto Morones, del gran Juan Rulfo. Y claro, claro, las muchas adaptaciones que hizo el magnífico Stanley Kubrick.