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jueves, 15 de julio de 2010

El día en que conocí a un guacarróquer

Éste es un post que adeudo al blog desde hace buen tiempo, casi desde que comenzó. Señalé en varias ocasiones que, cuando inicié la serie "Los Maestros" fusilándome textos de Eusebio Ruvalcaba y Jairo Calixto Albarrán, este espacio tendría un lugar especial para hablar de las personas que han ganado mi admiración por su destacado desempeño en los campos de la literatura, el arte, el periodismo, la música, el cine, los malviajes. Y a este personaje en particular lo he querido incluir desde entonces, mas por razones de diversa índole no lo había hecho, principalmente por la oportunidad y la pertinencia del tema.

Pero los azares del destino pusieron la ocasión para que finalmente hable en este blog del gran músico, escritor y cineasta en ciernes que es Armando Vega-Gil. Fue el caso que el sábado pasado amanecí en el Distrito Federal, adonde había llegado para visitar a mi novia, quien se encuentra radicada en la inverosímil capital del país. En una de ésas, terminando de desayunar, mientras digería la comida y esperaba la cuenta, chequé el Face en mi cel y me percaté de que ese mismo día sábado, en un café de la Zona Rosa, estaría tocando el personaje de marras, junto con el grupo que se honra de tenerlo entre sus modestas filas, llamado Arraigo Domiciliario, de otra señorita que responde al nombre de Susana San José Aullet. Sin dudarlo, sugerí a mi chava asistir esa noche al toquín, a lo que accedió, más que por convicción por darme gusto (lo cual agradecí).

Sé que sería ingenuo presuponer que el lector conce la obra del Armando Vega-Gil, así que diré que, para empezar, es uno de los miembros fundadores del legendario grupo de rock mexicano Botellita de Jerez, que formó a principios de los años ochenta junto con Francisco Barrios "El Mastuerzo" y Serio Arau "El Uyuyuy" (el mote del buen Armando es "El Cucurrucucú"), creadores y únicos practicantes del llamado guacarrock. Grupo que hasta el día de hoy sigue tocando, después de las más diversas tribulaciones que lo han asolado durante su historia, entre separaciones, deserciones y demás pedos (hablar de la historia, importancia y aportación cultural del grupo ameritaría un post aparte, que espero algún día entregar, pero por el momento ahí le dejo). Asimismo formó parte, junto con Fernando Rivera Calderón, del grupo de sátira política El Palomazo Informativo. También, hace bastantes añitos, fue guionista de El Güiri Güiri, cuando todavía estaba en lo que se llamó Imevisión. Fue periodista cultural y de rock; escritor de cuentos (lo que le ha llevado a conquistar premios nacionales), o mejor dicho, escritor a secas, descripción que le hace más justicia. No me consta, pero muy probablemente también venda mole los domingos.

Sin embargo, para mí, su mayor aportación, a la par de su fundamental contribución a la música popular mexicana, es su serie de textos intitulada "El dario íntimo de un guacarróquer", que aparecía como una especie de columna en la mítica revista impresa La Mosca en La Pared. En estos textos, el autor contaba las aventuras vividas como miembro de Botellita de Jerez, entre tocadas, pedas, mujeres, desmadres, sexo, drogas y rock 'n roll (o, más bien, y guacarrock). La verdad cruda, sin tapujos ni concesiones, de las experiencias del grupo quedó retratada en esos maravillosos relatos. Pero lo grandioso no era sólo las experiencias por sí mismas, sino principalmente la manera en que eran contadas: para empezar, se narran en el contexto de una realidad paralela en la que el grupo, sus integrantes y demás personas involucradas tienen un nombre diferente, pero parecido, que logra identificarlos, y que además está contada por el alterego de Armando Vega-Gil, Armiados Güeva-Vil, en un sempiterno diálogo entre estos que busca indagar en lo más hondo de las vivencias del músico, para reírse de ellas (de sí mismo), para mostrarlas cínicamente y hasta para llorarlas y así llegar a la catarsis que finalmente anhela el autor. A la par de ello, el estilo narrativo, único e inigualable, dotaba de una gran expresividad a los textos, al emplear un lenguaje deliciosamente procaz, grosero, políticamente incorrecto, escatológico, llevando la vulgaridad a niveles barrocos, y dejando al lector con el estómago revuelto, a punto de vaciarse, cuando no cagado de la risa. (Pronto transcribiré para los escasos seguidores de este blog una de las joyas de este maestrazo).

Historias que fueron compiladas en un libro intitulado "El diario íntimo de un guacarróquer", de cuya primera edición logré rescatar, algunos años después de tirada, un tomo invaluable, y que después fue nuevamente editado, ahora con correcciones, adiciones ("corregida y aumentada", cómo odio esa gastada formulita) y actualizaciones, esto es, alteraciones, las cuales, he de decirlo, reprobé. Mas ésa es otra historia y tal vez la toque en otra ocasión con puntualidad.

Pero volvamos a nuestro relato inicial. Resulta pues que, según acordamos en la mañana, mi novia y yo nos dirigimos al café El Péndulo de La Zona Rosa, donde iba a estar tocando Susana San José y El Arraigo Domiciliario, y con ellos, en el bajo, como siempre en el bajo, Armando Vega-Gil. El lugar era bastante acogedor ("¿Acogedor? ¡Voy de nalgas!", como dijo el joto del chiste) y aunque no estuvo demasiado concurrido, la verdad fue que sí se disfrutó el toquín. Yo no había escuchado nunca a la Susana y el Arraigo (para mi novia, quien alucinó a la prometedora cantante, fue debut y despedida), pero me llevé una grata sorpresa con ellos, pues tocan bastante bien, moderadamente elaborado, exacto, efectivo, rolitas bien armadas de gente que se ve que sabe tocar (aprendan, pinches banditas locales), y la presencia y expresividad de la cantante Susana San José, quien hacía alarde de un gran dominio escénico, además de una muy buena voz (aunque con una ligera concentración de plomo en las venas, hay que decirlo, pero en fin).

Pues ya, terminaron su show que duró más o menos una hora y decidí que nos quedáramos, nada más a ver qué pasaba. Total que pasó un ratito y el maestro Armando se alejó, así que le dije a mi chava que me acompañara a acercarme a platicar con él y me tomara una foto, a lo cual se negó, hastiada ya de la velada. Esto me detuvo por un momento, pero después me valió madres y fui yo solo hasta el escenario y pues ya llegué y lo saludé al cabrón. Como no quise parecer un fan desesperado (no es que no lo sea, sólo que me gusta guardar las aparciencias), llegué acá todo yo muy cool y hasta lo tuteé, no por igualado, sino porque lo sentí más natural, y porque aunque su pelo ya pinta algunas canas (ya rebasa fácil el medio siglo de vida), sigue siendo desmadroso y alivianado, rockero y bohemio ( ¿"rockero y bohemio"? ¡Dios, no me creí capaz de tanta cursilería!). Él obviamente pues me respondió muy accesible, con mucha sencillez.

Lo felicité por el toquín; le dije que venía de Aguascalientes y que en estas marginadas tierras la gente clama por ver a Botellita; le pregunté por la película del grupo, Plan B creo que se llama, y por qué no se ha exhibido por acá; dijo que no había copias y que era un desmadre, con un gesto de desazón. Añadió que estarán tocando el próximo 24 de julio en el Teatro de la Ciudad, del D.F. donde también presentarán el dicho film. Explicó que básicamente por falta de contactos no venían para acá, pero que no había otra razón. Iluso, ingenuo, le dije que yo organizaría algo para traerlos (ajá; sí, wey) y dijo que simona la cácara. Nos tomamos la foto del recuerdo que engalana el encabezado de este post (para los que pregunten, no estoy así de cachetón, sino que deliberadamente agarré aire, y lo alojé en la panza y en mis mejillas).

Chale, todo fue muy rápido y me quedé con varias cosas que preguntarle, pero tampoco me quise ver muy hostigoso. Será en otra ocasión seguramente, y entonces revelará qué tan verídicas son las historias del Diario, cuándo lo terminará (o, ¿alguna vez lo terminará?), y particularmente si la aventura de las viejitas del tren, en el que viajaba con El Mastuerzo, fue real. Con todo, me llevé una muy buena impresión de él, muy sencillo, aliviandado y pachecón (estaba a punto de poner "locochón", pero la prudencia me contuvo) y, quién sabe, quizá me ponga las pilas y haga por traer al Cucurrucucú, al Uyuyuy y al Mastuerzo.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Una mosca parada en la pader


Transcurría sin mayor agitación el año de 1999. Sí, han hecho bien sus cuentas, tenía en aquellos mancebos ayeres la inocente y puñetera edad de 16 añitos. Probablemente a mediados de esa anualidad, no recuerdo exactamente qué mes fue, me dirigí a la famosísima e insigne tienda -tal vez la única en su génereo en ese tiempo- denominada Lo Machín del Rock, negocio en el que se expendía los más diversos productos que la juventud rockera aguascalentense demandaba: playeras de grupos, discos, cassettes de audio y de video (aún no proliferaba el uso del formato dvd), revistas, incluso, creo, algunos instrumentos musicales usados (seguramente también harto ácido, si bien en cierta ocasión, con una ñoñísima e hipócrita extrañeza, el encargado del lugar, un tal Zéus, después de haber sido interpelado por el de la voz solicitándole de la manera más atenta tuviera a bien proporcionarme, a cambio de un precio cierto y en dinero, un poco de esa maravilla, aseveró que ahí no rolaba tan prodigioso químico, y que la única sustancia con la acompañaban sus reuniones era el Frutsi de piña, no muy frío, helado ni esperarse, pues hacía daño). Casi todo era piratería, precisamente porque muy difícilmente podía conseguirse en original en esta ciudad, incluso en el país. Era costumbre arraigada visitar la negociación sólo por ver qué novedades podría uno encontrarse en cada oportunidad.

Decía, pues, que en una ocasión entré a la negociación de marras, y me encontré con algo que llamó levemente mi atención: una revista en cuya portada aparecía la pellejuda y tantas veces espetada figura de Courtney Love, sobre un fondo rojo que a su vez mostraba el rostro de Kurt Cobain. Sin vacilar, la tomé de inmediato, pues la sola circunstancia de que, según se indicaba, contuviera información relacionada con el músico, era suficiente para adquirirla, así me quedara sin dinero para el camión y tuviera regresar caminando a casa. Desde la propia presentanción de la revista se apreciaba ya una especie de desafío a los convencionalismos editoriales más arraigados, pues estaba diseñada en tamaño oficio. Su nombre, que en ese momento me parecía de lo más ordinario: La Mosca en la Pared.

Adentrarme al contenido de la revista significó recibir una fuerte sacudida: todo, formato, textos, fotografías y diseño eran algo totalmente fuera de lo común, o al menos lejano a cualquier otra cosa que yo hubiera visto antes. En el pasado había tenido contacto con algunas revistas como la inocua Switch o la ingenua Nuestro Rock, y eran las únicas referencias que tenía acerca de lo que era una revista de rock, lo que fuera que ello significara. La revista acusaba una frescura nunca antes percibida y daba gusto leerla. Dicen que la primera impresión es la que cuenta, y en este caso no fue la excepción, pues desde ese momento la publicación me convenció y atrapó. Y no era para menos: aparecían en ese número las plumas que considero las mayores glorias de la revista: Jairo Calixto Albarrán, Hamlet Ultrapeluche, Eusebio Ruvalcaba y Armando Vega-Gil, con textos realmente notables (los cuales, en los casos de don Eusebio y el Jairo, ya han sido transcritos, a manera de reconocimiento, en este blog).

Ese primer ejemplar oficial que tuve en mis manos (bueno, de hecho no, porque la primera Mosca que alguna vez hojeé, tal vez uno o dos años antes en una tienda de revistas, fue uno en cuya portada aparecían los Beastie Boys, pero en aquella ocasión, idiota, no presté atención), que es el mencionado, era un número atrasado, ya que databa del mes de abril de ese año. En el mes corriente, que me parece que era septiembre, el número tirado era el 32, engalanado en su anverso con las poses de los Red Hot Chilli Peppers, otra banda que entonces me encantaba. No dudé en comprarlo, y así comprobé que la grandiosa experiencia de la lectura de La Mosca no era una casualidad de un solo número, como el burro que tocó la flauta, sino una constante y una convicción de sus creadores y colaboradores. A este ejemplar pertenece uno de los más grandes textos jamás escritos, a mi parecer, por Armando Vega-Gil -y posiblemente el mejor que se llegó a publicar la revista-, que se intituló Cogerse Viejitas (creo que no hará falta explicar su temática). Con esta edición quedé sempitenrnamente prendado de la revista: sería su fiel lector hasta el fin de los tiempos (los míos o los de ella).

En este número participaba también la genial y renegada Fernanda Solórzano, crítica de cine que representa el prototipo de mi mujer ideal (aaaaahhhh), quien ya en aquel tiempo, teniendo probablemente la edad que yo poseo ahora, hacía alarde de una capacidad expresiva y analítica encomiable, una claridad mental como pocas. No la descubrí a ella, empero, sino hasta varios números más adelante.

No dejé de adquirir mes con mes la revista a partir de entonces, de una manera casi religiosa. Había de todo en ella: crítica musical, reseña de discos, de libros y de películas; noticias sobre artistas y grupos, todo ello relacionado con el mundo del rock, el blues, el jazz y la música alternativa. Básicamente, dirían algunos de forma anticipada, todo lo que debe abarcar una revista especializada en música. Pero en el caso de La Mosca no era sólo eso: lo que realmente la caracterizaba y la distinguía de los demás pasquines y revistuchas que se tiraba en este país era su actitud desfachatada, antisolemne, políticamente incorrecta, corrosivamente crítica y deliciosamente sardónica, transgresora: no respetaba credos, ideologías, fanatismos, reverencias, protocolos, indulgencias ni posiciones de fama o poder. Arrasaba con todo y con todos. Esta postura, además de ganarle correligionarios, naturalmente, también la hizo blanco de los más enconados odios de sus detractores (léase Saúl Hernández y Jaguares, Control Machete, La Maldita Vecindad, Maná y un largo etcétera), lo que le daba a la revista un carácter aun más rebelde: las cacas grandes eran por fin cuestionadas.

El editorial, titulado Ojo de Mosca; el espacio de comunicación e intercambio de ideas y opiniones con los lectores, que se llamó El Buzón de Mamá Mosca; las noticias cuatroporcuatro; las reseñas de discos, Tiovivo; los textos varios de El Desván; El Soundtrack de mi vida; eran las secciones fijas de la revista. A la par de ellas, se encontraban las columnas de los colaboradores: El Diario Íntimo de un Guacarróquer, del ya mencionado Armando Vega-Gil; ¿O no?, después llamada Un Hilito de Sangre, del magnífico Eusebio Ruvalcaba; Más Extraño que el Paraíso, del fumadísimo Hamlet Ultrapeluche; La Cocina del Alma, del aclamado por todos, excepto por mí -al menos por lo que ve a esta columna, pues su trabajo como novelista no lo conozco- José Agustín; Incineraciones, de la ya mencionada Fernanda Solórzano; y por último, y no por ello menos importante sino todo lo contrario, la columna, que en sí no sé si tuvo algún nombre representativo (sería lo de menos), del gran Jairo Calixto Albarrán.

No omito mencionar la importancia del consejo editorial que dirigió la publicación, encabezado por Hugo García Michel. De la mano del dicho cuerpo colegiado, pero sobre todo del señor Hugo, la verdad sea dicha, para bien o para mal, la revista tomó el rumbo que la llevó a ser objeto de culto, a convertirse, sí, duélale a quien le duela, en la mejor revista de rock hecha en México.

Fue una publicación que influyó hondamente en mi persona. De ella tomé esa actitud irreverente y sarcástica que hasta el día de hoy me caracteriza; con ella supe el significado e importancia de la crítica; gracias a ella me encontré con nuevas posibilidades expresivas más allá de los convencionalismos, otras formas de ver la realidad. En resumen, mi talante eminentemente crítico fue forjado por sus páginas. Yo soy uno antes de La Mosca, y otro después de ésta. Al margen de ello, también le debo el bagaje musical que poseo, pues gracias a ella conocí a grupos y artistas que de otra forma habría sido difícil encontrar. Me ofreció un panorama y conocimiento más amplio del fenómeno rockero.

Nueve años disfruté la mosca. Después, en el mes de marzo de 2008, se anunció su funesto final. Inesperadamente, la casa editorial de la publicación tomó la decisión de que no se tirara más, por lo poco redituable que ya resultaba. Yo me vine a enterar como medio año después, y nunca me imaginé que algo así sucedería. En su momento creí que era solamente un retraso en la edición de los números -que ya había sucedido con antelación-, o, en el peor de los casos, que ya no la fueran a distribuir por acá por estas tierras. Algunos dicen que se veía venir, que La Mosca estaba en decadencia. Ciertamente sus últimos, digamos, tres años, no fueron los mejores de su historia, pero seguía siendo una magnífica revista, aún la mejor. Ya para esos últimos tiempos, recuerdo que la compraba y la leía poco: quería tenerla más como objeto que como texto, por lo que había significado en mi vida. Hacía ya tiempo que no escribían los grandes: Jairo Calixto Albarrán, Armando Vega-Gil y Hamlet Ultrapeluche, y tal circunstancia había logrado desdorar la magnificencia de la revista. Su vida, como todas las vidas, fue parabólica: inició abajo, alcanzó su culmen y finalmente decayó.

Desde hace algunos meses -de hecho, desde que se hizo pública la cancelación de la revista- se anunció, en el blog de Hugo García Michel, que el proyecto se retomaría, si bien no como la misma revista con el mismo nombre, sino como algo nuevo que rescataría las principales cualidades de su antecesora. Todos esperábamos con ansias y visitábamos constantemente dicho blog para saber qué sucedía. Finalmente la noticia se dio hace algunas semanas: volvía, en un segundo regreso, La Mosca en la Pared, con una pequeña salvedad: esta vez no vendría en formato impreso, sino como una página de internet. Así se proclamó el nacimiento de La Mosca en la Red.

¿Qué nos deparará esta nueva etapa de La Mosca? El tiempo lo dirá. Por el momento, este post mal escrito y sin coherencia es mi homenaje a la revista y a sus colaboradores. Es la carta que siempre quise enviarles, el e-mail que siempre quise escribir. Siempre dije: "algún día les escribiré". El día nunca llegó, y ahora sólo me queda presentar este texto como muestra de mi admiración y gratitud por la revista, que aunque ciertamente resulta tardío, no por eso es menos sincero.

Gracias por tanta música, por tanta crítica, por tanta procacidad. Gracias, Mosca.

domingo, 5 de abril de 2009

In Memoriam



La fecha oficial en que se estima falleció Kurt Donald Cobain fue el 5 de abril de 1994. Eso sería exactamente hace quince años. La mañana del día 8 del mismo mes y año, su cuerpo sin vida fue hallado por un electricista que iba a realizar algunas instalaciones en la casa del intérprete. Yacía en el invernadero del inmueble. Un charco de sangre provenía de su oído izquierdo. Una escopeta tirada a un costado. Jeringa y demás parafernalia inherente al consumo de heroína. ¿Nota suicida?


El mundo estaba consternado y nadie quería creerlo. Se recordó el día en que se supo de la muerte de John Lenon. Caía una víctima más del show business. Se volvió un lugar común entre la generación de jóvenes fans del cantante preguntarse: ¿Dónde estabas cuando supiste de la muerte de Kurt Cobain?, así como en su momento se cuestionó en iguales términos respecto al deceso de John F. Kennedy. Nirvana, el grupo de rock más importante del momento, quedaba descabezado sin haber alzanzado su plenitud musical. Eso era todo. Se rompió una jerga, y todos se tuvieron que ir a la...


Nació el mito de Kurt Cobain. Esto sucede cuando apenas alcanzo la edad de 10 años y curso el quinto año de primaria. Creo recordar que en alguno de esos días mis compañeros de escuela comentaron el funesto suceso. No presté atención, pues en primer lugar en aquel entonces no conocía nada de música en general, ni de rock en particular, mucho menos de la obra del malogrado músico y el grupo que junto con él redimió a una marchita y lastimera escena musical mundial: Nirvana. Mis compañeros, algunos de los cuales tenían hermanos mayores que los iniciaron en tales menesteres, conocían ya la obra de dicho grupo y ya se consideraban fans del mismo. El evento me pasó de noche.


Quién diría que un par de años después, sobreviviendo el segundo año de secundaria, descubrí al grupo y a Kurt Cabain. Un entonces amigo, Humberto, me prestó dos cassettes: el Nevermind y el Incesticide; el primero grabado y el segundo original. Me dijo que los escuchara, pero que el chido, el chido, era el grabado. En efecto, el disco que más me entró fue Nevermind. Así conocí a Nirvana.


Algunos años después, llegaría incluso a renegar del Nevermind, y reconocer la superioridad y valor del grandioso Incesticide, pero eso es otro cuento. La música del grupo era lo más chingón que había escuchado hasta entonces y me volví su más devoto seguidor. Sobra decir que la figura de Kurt Cobain siempre destacó del resto de los integrantes de Nirvana, en principio por su desmesurado talento e increíble genialidad, y después, lógicamente, por la tragedia que lo rodeaba: una muerte inexplicable, que aún hoy día sigue discutiéndose si la produjo un suicidio o un abyecto asesinato.


Idolatré al grupo, pero principalmente a Cobain. Él era el chido, el genial, el creativo, el artístico, el mártir. Su forma de tocar la guitarra, de enloquecer en los toquines y desmadrar todo al terminar. La música era sencilla, pero potente y efectiva. Quienes dicen haberlo conocido, hablan de una persona fuera de lo común, con una sensibilidad artística muy peculiar. Fallece, desde mi perspectiva, sin haber alcanzado su plenitud creativa y musical. Apenas nos regaló tres discos de estudio; lo demás son recopilaciones.


¿Qué seria hoy de Kurt Cobain, si siguiera viviendo? Por lo que se dice, Nirvana andaba en las últimas. El grupo estaba por desintegrarse. Fuentes cercanas afirman que el guitarrisata cocinaba un proyecto musical con el cantante de R.E.M, Michael Stipe, quien fue una de las personas más cercanas a él en los meses cercanos a su triste final. Tal vez una carrera solista conservada hasta estos días; un sano divorcio con la piruja de Courtney Love. Los demás miembros del grupo, Dave Grhol y Krist Novoselic, en sus respectivos asuntos, seguramente sin corresponder a los que actualmente los ocupan (Foo Fighters y cagar aguado, respectivamente). Tal vez un reencuentro por estos años. Una gira mundial. Una legendaria segunda visita a México, como la que nos acaba de regalar Radiohead. Cobain consolidado como el músico más respetado e influyente de la escena rockera mundial. Unos años más tarde, el Salón de la Fama del Rock and Roll. Tal vez, habiendo subido de categoría, ahora saldría con top models y no con pellejos como los de su viuda. Tal vez habría asistido a los grammy's. Quizá hasta lo habríamos visto en los puñetos premios MTV de Latinoamérica.


A lo mejor habría actuado. Posiblemente habría dedicado más tiempo a la expresión plástica, que se le daba con bastante facilidad. Seguramente nos estaría ofreciendo música chingoncísima. Habría protagonizado escándalos. Habría destruido otros tantos cientos de guitarras, todas Fender. Courtney Love habría vuelto a talonear a los tugurios de Alaska, a desnudarse para los esquimales hediondos a foca y a pescado. Estaría gorda y acabada, maldiciendo su vida y añorando los años de bonanza y notoriedad que le dio su relación con el frontman de Nirvana. Nada de películas ni de glamour. Habría regresado a ser lo que era, lo que más bien siempre fue pero trató de disfrazar.


Kurt Cobain se fue, o se lo llevaron. Nos quedó debiendo su mejor música y muestras mayores de su talento y genialidad. Ciertamente su obra se ubica entre las más importantes de la historia del rock, y es de un valor incalculable; empero, es relativamente breve, considerando el gran potencial artístico que tenía el músico. Partió antes, como Jim Morrison, Janis Joplin, Jimmy Hendrix y Robert Johnson, teniendo la misma edad de estas otras leyendas: 27 años. ¿Quién sería Kurt Cobain estos días? Ésa es la pregunta que surge hoy, cumplidos quince años de su muerte. En otros años me pregunté cuál fue la realidad acerca de su deceso; quién fue el responsable. Maldije y renegué de la vida, medio y personas que lo llevaron, directa o indirectamente a la tumba. Hoy que Nirvana dejó de ser hace mucho tiempo mi grupo favorito, sólo me queda preguntarme qué sería de Kurt Cobain el día de hoy.


Quise hablar de él en este post. Habría podido expresar más cosas, más sensaciones, si esto lo hubiera emprendido unos diez o nueve años atrás. Con todo, sirvan estas palabras sin hilación ni sentido o coherencia como el más sincero homenaje que mi circunstancia actual me permite rendir a la mítica figura de Kurt Cobain, cuya vida y obra tuvo una profunda influencia en mi vida y mi forma de verla.


Te admiro y respeto. Alguna vez te idolatré. Estás entre los grandes y siempre serás recordado. Ahora, quién lo diría, tus palabras vuelven a reflejar mi realidad: Teenage angst has paid of well; now I'm bored and old.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Don Eusebio Ruvalcaba


Aquí se presenta un texto del maestro Eusebio Ruvalcaba. Es una de sus intervenciones en la ya mítica revista de La Mosca en la Pared, y una pequeña muestra de las capacidades narrativas de este gran escritor. En posts futuros hablaré más ampliamente de la obra del insigne literato, que de cierta manera ha influenciado la forma en que veo la literatura, y sobre todo la vida. Ésta fue su intervención el el número 29, año 1999, en la hoy frustrada revista, cuando su columna todavía se llamaba "¿O no?"


Calzones de mujer

Hace poco -¿minutos, semanas, meses?, cómo saberlo el puto tiempo siempre ha sido algo tan inexplicable- veía yo en la televisión las declaraciones de un joven roquero de un grupo chileno radicado en México, a quien una de sus fans le arrojó los calzones, él los olió, le dio asco que fueran usados y los echó a la basura. Guácala, habrá dicho.

Cómo me saca de onda esta actitud fresa. No sé de qué está hecho ese joven músico, si por sus venas circule sangre o atole; o no sé si sea él o el momento que estamos viviendo de absoluta abstención. Que curioso, en ninguna época se había cultivado tanto el cuerpo como ahora, y hoy es de mal gusto admirar a un mujer en sus partes más íntimas. Porque no creo que este joven ande muy alejado de lo que hace una gran mayoría de jóvenes de su edad. Todavía hace algunos años, los jóvenes acostumbraban coleccionar pantaletas y brasieres como trofeos de una noche apocalíptica –hoy a eso se le llama fetichismo-; apenas ayer estos mismos jóvenes solían espirar a las mujeres cuado de subían o bajaban de un auto, o bien cuando se sentaban o subían la escalera –hoy eso se llama voyeurismo-, y hace apenas dos o tres meses, tales jóvenes les arrancaban la ropa a las mujeres cuando el deseo les desborda –hoy eso lo califican como violación.

Tampoco sé exactamente en qué medida esto aleja o acerca a un hombre a la esencia de la vida, pero yo me atrevería a decir que el hombre necesita estar cerca del riesgo, de imprimirle pasión a las cosas. Algo, en sus cavernas más profundas, conserva el varón de agreste e incivilizado, y yo creo que vale la pena luchar por eso. Hacerse un poco afuera de la bacinica. A eso se le llama pasión, y la pasión es jugársela un poco. No tanto, pero tampoco tan poco. Bueno, esos cuerpos asexuados que no ve caminando por la calle o deteniéndose delante de las vitrinas en un Perisur o una Plaza Cuicuilco, consideran una aventura comerse unos tacos de suadero o un refresco que no sea light. Todo es ascéptico, como si temiéramos contaminarnos hasta de ver. En serio, es de dar risa cómo la mujer a dejado de atraer a los hombres jóvenes. No se vuelven a mirarla. Pasa casi semidesnuda delante de un grupito y ninguno se le queda viendo con aquella mirada de cachondería que distinguía a los ojos viriles de hace unos cuantos años.

Seguramente tienen razón. La educación sexual ha terminado por desprender de todo misterio no sólo a la mujer sino al sexo mismo –qué hueva espiar a tu hermana mientras se desnuda. Ya no son temas que inciten a nadie a meterse al baño a masturbarse, a asomarse por debajo de la mesa y ver lo que hay que ver. Hoy día, la mujer de senos grandes se avergüenza de sus tetas, y, si no está bronceada, si no toma su dosis diaria de bicicleta o su carrerita por las mañanas, entonces, piensa, no tiene nada que enseñar, es como un cero a la izquierda. Que nada más por sus tetas, por sus piernas, por su olor, una mujer traiga a un hombre por la calle de la amargura, ha pasado definitivamente a la historia. Un hombre que le telefonee borracho a la mujer que le gusta, que la asedie, que le envíe flores o le escriba poemas -aunque sea los fusile de Sabines- es considerado un indeseable. Un patán sin educación. Siempre será mejor aceptado un tipo previsible, de brillante futuro, de celular o bíper para que su mamá o su mujer lo localice de inmediato. ¿O no?

jueves, 25 de septiembre de 2008

Con ustedes, Jairo Calixto Albarrán


Además de servir de canal de expresión para las diversas ideas, inquietudes y malviajes que atormentan mi mente, este blog también tiene la finalidad de dar a conocer, promover y difundir la obra de distintas personas que, ya sea en el periodismo, la literatura, la música, el cine, la ciencia o la filosofía, con su quehacer han servido de influencia para el que estas lineas escribe. Este medio pretende también, al repasar el trabajo de tan ilustres creadores, rendirles un merecido homenaje.


En esta ocasión, toca el turno a Jairo Calixto Albarrán, columnista de Milenio Diario, y otrora colaborador de la gloriosa revista La Mosca en la Pared -de la que se hablará en otra oportunidad, para quienes no llegaron a conocerla. Aquí se expone un texto que aportó al número 29 (abril de 1999) de la mencionada publicación. Que lo disfruten.



EL PRÍNCIPE Y SUS BUFONES

No hay nada más deprimente, aparte de la seudotelenovela salinista que vemos todos los días en los medios de comunicación, que soportar el soundtrack de un imitador chafa de José José, echándose de manera espontánea y a capella ”Gavilán o Paloma”, sólo para demostrar que para el amor no hay más ruta que la de la autolaceración kitsch. Desde que tengo uso de razón, esta sobredosis de gorjeos dudosamente románticos me ha perseguido como una maldición. Cada vez que en alguna reunión alguien sacaba una guitarra para extraer de su ronco pecho su repertorio extraído del Cancionero Picot, temblaba, pues sabía que “El triste” estaría incluido entre sus berridos. Es muy duro ser mexicano. Por eso, cuando escuché que un montón de pelanduscos roqueros mexicanos estaban apunto de rendirle un sentido homenaje al “Príncipe de la Canción”, supuse que se trataba de una broma de muy mal gusto. Claro que no era una cosa imposible. Si nuestros rockers nativos habían salido en Siempre en Domingo, besado los pies a Verónica Castro, albureado con Paco Stanley, entregado premios para la revista Eres y demás ejemplos de la dignidad y el decoro, se podía esperar hasta una colecta de su parte para montarle un mausoleo a Fidel Velásquez.


Más allá de todo puritanismo, finalmente vimos aparecer este homenaje rocker a José José como quien ve el nacimiento de un engendro kitsh, cuya verdadera intención era, en efecto, generar un sentido homenaje y reconocimiento al intérprete de “La nave del olvido”, cuando en realidad debió de haber sido un ejercicio crítico-burlesco para la figura de un cantante que representa, sin duda, el aplatane más cursi, decadente y pesado de toda nuestra herencia musical.


La educación sentimental que representa don Pepe Pepe es cuando menos cavernaria, elemental, primitiva, refugiada en un nebuloso concepto llamado romanticismo que, por alguna razón inexplicable, se empeña en dar clases de moralidad amorosa y de remordimientos freudianos. En ese sentido, el papel del músico roquero no es homenajear tal cosa, si no someterla a las más sediciosas terapias. Ahí está la versión de los Sex Pistols de “My Way”, nada más para dar un ejemplo.


Que homenajeen a José José y sus trajes de terciopelo y encaje las Pandora, Cristian Castro, Los Caminantes o Marco Antonio Solís, pero no nuestros de por sí desprestigiados rockers que andan por la vida anunciándose gruexos, contestatarios, revolucionarios y guerrilleros, pero al escuchar las primera notas de “Amar y querer” berrean cual cetemistas en el Zócalo el Primero de Mayo al ritmo de “….es que amar y querer no es igual/amar es sufrir, querer es gozar”. Es como si así nada más, sin un circuito de referencias críticas y de metáforas canallas, los Rolling Stones sacaran un disco con canciones de Celine Dion o Radio Futura uno con piezas de Julio Iglesias. ¡Piedad!


Sin embargo quizá lo más enfermizo haya sido el video de los chicos de La Lupita con su versión de “Gavilán o paloma”, que más bien parece homenaje a Siempre en Domingo y a las posibilidades del ridículo a las que puede llegar José José. Así, vemos al grupo trepado en una especie de escenario del programa de Los Yorsis, vestidos cual miembros de Ballet de Milton Ghío, interpretando de manera muy sensible y profunda esta canción que respeta las más estrictas formas normas del humor involuntario. Mientras tanto, presenciamos una historia encarnada por el propio José José, donde se liga a una rica güera a quien invita a cenar sin conseguir nada realmente. Una cosa espeluznante que podría servir para un squetch de la Güereja, donde el cantante pone cara de Quico y el Señor Barriga junto a la mujerzota a la que no acierta a aplicarle ninguno de sus métodos de seducción.


Aquí por lo menos el director debió de haber introducido el viejo mito que hay detrás de esa rola: que la mujer a la que se liga el de la voz es realmente un macho man sacado de una canción de Village People. Algo un poco más divertido. Pero no, le dejaron el asunto ahí a medias, medio en bruto y sin salida alguna. Una cosa patética en términos de incapacidades narrativas y visuales. Ahí es cuando extrañamos las películas de Televicine donde José José se interpreta así mismo, todo gañán y borrachote, rodeado de amigos turbios y nenorras en busca de un gajo de felicidad al estilo Lerdo Chiquito. Ya en el colmo, la versión musical de “Gavilán o paloma” que intentan los de La Lupe es tan simplona, plana y respetuosa que nos hace revalorar los logros metafísicos de las canciones originales de Juan Carlos Calderón.


El próximo homenaje que intenten nuestros roqueros mexicas (que seguramente será alrededor de la obra fundamental de Los Caminantes o Los Angeles Negros), habría que exigirles cuando menos un poco más de rigor ético y estético para lo patético.