domingo, 22 de marzo de 2009

God loves his children (even the chilango ones), yeah! Radiohed en México

Casi 15 años desde la primera vez. Casi tres lustros transcurridos desde la accidentada primera visita. Más de catorce años desde aquella ocasión en que el grupo se colapsó y vivió un punto de inflexión fundamental en su carrera, cuando en medio de su pequeña gira por México decidieron no desintegrar lo que entonces era una promesa interesante de la música alternativa. Radiohead volvía a México el 13 de marzo de 2009, para tocar los días 15 y 16 de los corrientes, y así iniciar su gira por Latinoamérica.


Ahora regresaba como una de las bandas más respetadas tanto por el sector mainstream, como por la crítica especializada. Esta vez, como la que probablemente sea la más importante agrupación de rock de la última década y parte de la pasada, así como una de las grandes bandas de todos los tiempos, equiparable a lo que en su momento fue Pink Floyd o The Beatles.
La sede de tan importante suceso fue el Foro Sol, en el Distrito Federal, capital de la República Mexicana. Era una cita inobjetablemente obligada para todo aquél que se preciara de ser fan del grupo, incluso para cualquier neófito en su música (desafortunadamente).

Así las cosas, tuve que ir; tenía que ir, mejor dicho. Fui. Estuve ahí, en el primer concierto que dio Radiohead en México después de cerca de 15 años. Desde que mi gusto se inclinó por este grupo hará unos 9 o 10 años, pensé en la remota posibilidad de algún día llegar a verlos tocar en vivo. Era un sueño guajiro, como muchos que entonces tuve, que ahora tengo y que seguramente seguiré teniendo. De pronto, cuando me enteré de que el grupo estaría tocando en tierras mexicanas, esperé con ansias los cuatro meses que pasaron desde que se dio la noticia hasta el día del triunfal, magnífico regreso.

Se llegó el día, y ésta es mi crónica de lo que pasó. Advierto que aunque todo el relajo que implicó ir hasta el D.F. al concierto, hacer cola, andar al pedo, esperar por horas de pie, y en general sufrir a los infames chilangos, da mucho de qué hablar, este post dejará de lado esas cuestiones para centrarse en los aspectos destacables -para bien o para mal- de la experiencia, que son en dos niveles: lo personal/vivencial/ musical y la crítica social, faros rectores de lo que se escribe en este blog. Así que, quien espere que estas líneas escarnicen las actitudes, comportamientos, poses, looks, pobreza cultural, ignorancia, estupidez, insignificancia, pequeñez y las demás cualidades inherentes a la índole chilanga, así como sus diversas manifestaciones, puede prescindir perfectamente de la lectura de este post. La referencia que se haga a ello será en la medida en que su inclusión aporte a la claridad expositiva de la crónica que esbozaré.

Radiohead


Con notable puntualidad comenzó el show. El grupo abridor fue Kraftwerk, a quienes se les conoce por ser los padres del Techno, y quienes tuvieron sus mejores tiempos y logros en la década de los 80's. Mucha gente protestó o al menos se extrañó del grupo invitado fuera ése, cuando en un principio se hablaba de que los teloneros serían los gloriosos Sigur Rós, o los ingleses de Portishead. Lo ideal, lo soñado, habría sido obviamente que los genios islandeces acompañaran a los de Oxford como en otras tantas giras lo han hecho, pero en fin. Habría sido un plus sensacional. Ni modo. Me queda de consuelo ya haber disfrutado de su música en vivo el año pasado en Guadalajara.

Pues bien, el grupo alemán tocó por aproximadamente cincuenta minutos un set que incluía sus mayores éxitos en versiones más cercanas al techo industrial y a los sonidos estridentes y sucios de Nine Inch Nails. Esta actualización realmente fue de agradecerse, pues le dio un nuevo giro a su música y la hizo verdaderamente disfrutable. Empero, la sensación general ante la actuación del cuarteto teutón, fue de "a ver cuándo se bajan estos pinches güeros", pues serían unas leyendas y todo lo que ustedes quieran, gusten y manden, pero a quien iba a ver yo, otros fans, y en su mayoría una inmensa chusma palurda, era a Radiohead. Incluso yo me permití gritarles alguno que otro improperio, en mi muy puñeto alemán frustrado. Todos ansiábamos que ya aparecieran en escena Thom Yorke, Johny Greenwood, Ed O'Brien, Colin Greenwood y Phil Selway, los papás de Oasis, de Blur (Blur sin Graham Coxon, aclaro), y ya no se diga de Travis, los maricones de Coldplay y las jotitas de Keane.

Aproximadamente a las 9:30 de la noche salió la banda. Emergió del lado izquierdo del escenario, encabezada por el neurótico y genial Thom Yorke, de quien muchos han dicho que es el Roger Waters de nuestro tiempo. Toman sus instrumentos. Se posicionan. Seguramente por un momento prestan atención a la gran cantidad de gente que se apostó en el Foro Sol, alrededor de cincuenta mil cabrones, una imagen que infinidad de veces habrán visto en su vida de mega rockstars. Sin inmutarse, comienzan: mi existencia de casi 26 jodidas vueltas al sol ya no es la misma. You used to be alright. What happened?

15 Step abrió el show, como bien lo anticipé. El público enloqueció, brincó y comenzó a empujar en todas direcciones (en el caso de la zona general a, en la que me encontraba), como locos desesperados, más por hacerle al cuento que por otra cosa, según abundaré más adelante. Por fin comenzaba el concierto, y desde que se escuchó la introducción percutiva de la pieza en cuestión, se sabía que sería algo realmente notable. Yorke baila, responde a la euforia del personal, y por fin deja escuchar su voz magnífica, por tantos años se esperó volviera a agitar los aires de este país.


Le sigue Airbag, tema inicial del grandioso disco Ok Computer. En este punto logra verse que la banda viene con la disposición de tocar temas clásicos ya arraigados en el gusto de los más fieles fans. Y así se confirma con la pieza que le sucede: There There. El grupo inmediatamente responde a la euforia (auténtica o forzada) que le ofrecía el público. Se ven complacidos, conscientes de que será una gran noche y de que su regreso marcará las infelices vidas de los presentes.

Como era de esperarse, el setlist del concierto debía incluir necesariamente los temas del álbum a cuya gira promocional pertenecía: In Rainbows. De forma alternada, a lo largo de la noche se fue interpretando uno a uno los tracks del que es el último disco de la banda. En lo particular, álbum de marras me había parecido un tanto menor, alejado de la complejidad y riqueza de sus predecesores. Pero qué equivocado estaba. El grupo hizo que me tragara tales blasfemias, al mostrar las posibilidades expresivas que su interpretación en vivo ofrecía: cadencia, sensualidad, elegancia, minimalismo, energía, feeling. Para destacarse, la ejecución de Nude, resultó estremecedora (aun cuando sigo prefiriendo la versión original, empero), precisa, justa. Qué decir de la mencionada 15 Step, de ritmo y beat inigualable. No menos complacido terminé con las rockanrolerísimas Jigsaw Falling Into Place y Bodysnatchers, en las que el grupo mostró que conserva aún la energía que alguna vez lo llevó a crear piezas clave de su discografía como Just, My Iron Lung o Anyone Can Play Guitar.


I don't know what it is I've done wrong.

Apareció una renovada versión de The Gloaming, la rompemadres National Anthem, las fabulosas Optimistic y Pyramid Song. Se dejó escuchar también la genial y heterodoxa Idioteque, en la que Thom enloqueció mientras bailaba de manera extraña y gesticulaba en todas las formas posibles que su peculiar rostro le permitía. El grupo tocaba una canción tras otra, sin pronunciar innecesarias palabras entre pieza y pieza, evitando así que el personal se enfriara. Iban a lo que iban. Contundencia. Un par de Thank you's se escuchó, no más. Y no podían faltar los clásicos, los que la gente aclamaba, los que forjaron la grandeza histórica de la banda: Fake Plastic Trees, My Iron Lung, la bellísima No surprises, Lucky, Street Spirit, las grandiosas y legendarias Paranoid Android y Just. Nuevamente el grupo se reafirmaba a sí mismo en su magnificencia, en su capacidad, en su soberbia, en su chingonería. Era Radiohead y volvía a serlo; una vez más, cada vez y cada vez más. Parecían intocables, indestructibles, infalibles, perfectos.

You do it to your self, you do, and that's what really hurts. You and no one else.

La actuación del grupo resultó impecable, sencillamente perfecta. Una sonorización precisa, que hacía que cada uno de los instrumentos se escuchara de forma diáfana y limpia, y con una enorme potencia, con una gran claridad. La iluminación y/o juego de luces del escenario también fue estupenda, minimalista, pero grandiosa, consistente en una especie de tubos resplandecientes que colgaban del mismo escenario y despedían los más diversas luces según les sugería la intensidad y cadencia de la música. Algo en verdad notable; parecía como si haces de luz se irguieran alrededor de la banda, atrapándola, delante de una pantalla que transmitía tomas directas del rostro de freak de Yorke o de alguno de los demás miembros del grupo. Esta situación nos muestra el profesionalismo del grupo, que ha faltado en otros artistas internacionales que se han presentado en nuestro país y no falta que salgan a tocar pedísimos o marihuanos y olviden las letras de las canciones o, peor aún, la música misma.
- Are you ready? -preguntó en tono de provocación Thom Yorke, sólo para después iniciar el rasgueo del riff introductorio del glorioso tema Just-. Y así sonaba la penúltima canción del show, que significó uno de sus momentos más intensos, junto con la sublime interpretación de Paranoid Android, de toda la noche. Durante su ejecución, mi atención se centró casi completamente en el que es seguramente mi guitarrista favorito, inspiración en mis tentativas frustradas de volverme músico: Johny Greenwood. El tema en cuestión permite, como pocos, percibir la genialidad de este multiinstrumentista. Hay una sección de la canción en que a manera de puente o de un solo poco convencional, toca un pequeño riff mientras voz y demás instrumentos enmudecen. Simplemente magnífico. Mi definitivo gusto e interés por Radiohead nació a partir de que un video tomado del concierto MTV Ten Spot, de 1998, en el que precisamente tocaban esa canción y en el que se resaltaba la parte de la misma a la que me he referido. Qué chingón tocan, pensé. No sabía, ni siquiera soñaba, que diez años después se estaría interpretando esa canción sólo para mí, enteramente para mí.

Everything in its right place cerró el show. Otra ejecución memorable. El grupo se despide. Hacen reverencias. La gente y yo no creemos lo que acabamos de ver; no creemos que lo acabamos de ver. Vuelve la sensación de vacío. Otra vez la vida. Tal vez no la misma vida. El concierto cumplió y casi me satisfizo. Habría sido magnífico, un sueño, que tocaran otros temas que se quedaron guardados. El primero de ellos, que seguramente es mi preferido, es Subterranean Homesick Alien. Pieza hermosísima incluida en el magnífico Ok Computer, que me estremece y emociona como pocas cuando la escucho. Fue una lástima que no se incluyera en el setlist, aunque para ser sincero no esperaba que la tocaran. Otra que también quedó fuera y se extrañó fue A wolf at the door, del disco Hail to the thief. Ya no digamos Electioneering o la preciosísima y desesperanzadora Let down, también del mejor disco de la década de los noventa. Otra que me habría encantado escuchar es Exit music (for a film), que por el contrario sí se tocó, si bien comentan que accidentadamente, en el concierto del día 16. Ni hablar.

And now, we are one, in everlasting peace. We hope that you choke.

Eso fue Radiohead: el primer mundo, la genialidad, la elegancia, lo máximo, grandes entre los grandes. Es sólo rock and roll, pero a algunos todavía nos gusta. Sólo rock n' roll ¿poca cosa?

Lo demás

Al margen de la impecable actuación de Radiohead, no faltaron las falencias típicas de los eventos promovidos por esa entidad monopolizadora que se llama OCESA. Pésima organización: desde el acceso a Foro Sol, hasta el sobre cupo de las localidades en las áreas generales. Se dejó entrar a la gente dos horas antes de que empezara el acto de los teloneros Kraftwerk, así que ésta desde ese momento ya se encontraba, en dichas áreas, bien aperrada y sin poderse sentar, cuando por el contrario antes de que se le diera acceso al Foro podía cómodamente hacer cola sentada. En esas dos horas se vendió cerveza y agua al por mayor, a los precios desproporcionados a que nos tiene acostumbrados OCESA.

Nula seguridad. No se advertía por ningún lado de las zonas generales la presencia de los cuerpos de seguridad, ahí donde sí sucedían los chingazos. No. Estaban más preocupados por no dejar entrar cámaras, alimentos y bebidas que por la integridad física de los usuarios, aun en áreas como ésas en que había sobrecupo y la gente estaba de pie. Me tocó ver cómo en el aventadero que se dió con motivo del inicio del performance de Radiohead una chava no aguantó más y se desmayó. Su novio, angustiado, trató de jalarla y arrastrarla para sacarla de ese turba enardecida y cegada por una estupidez disfrazada de fanatismo. Una desgracia habría ocurrido si la joven hubiera caído al piso. No la cuenta. Y la seguridad, ni sus luces.

Algo que tampoco me gustó fue que de entrada se fijara una zona general para estar de pie, pegada al escenario. Me parecía mejor haber puesto sillas o gradas en tal lugar para difrutar cómodamente sentados el concierto: música y actuación. Así todos habrían podido ver y nadie habría comenzado a empujar. Parece que los de OCESA ignoran, o de plano les vale, el valemadrismo y gandallismo innato del mexicano, y su versión potencializada en las personas de los chilangos, raza maldita. Si los organizan y los sientan, no habrá ese tipo de problemas. Si los dejan parados y que se acomoden como ellos puedan, necesariamente habrá conflicto, pues todos, fascinerosos, en su profundo egoísmo, empujarán a todos lados sólo por divertirse o por ubicarse mejor, valiéndoles madre a quién chinguen.

Quién sabe, ahora que lo pienso, tal vez las sillas no serían la solución, pues fieles a su índole ventajosa y chingativa, los asistentes, carentes de toda civilidad y educación, en su mayoría chilangos (raza maldita), serían capaces de pararse en tales objetos con tal de pasarse de listos, o burlar el orden. Ok, ok, en descargo de los chilangos diré que esa actitud se ha visto en otros lugares -incluso aquí en Aguascalientes, hágame el refabrón cavor-, y que no les es esencial en tanto chilangos, sino, tristemente, en tanto mexicanos. Eso sí, me perdonan chilanguitos, pero ustedes sí se pasan de vergas y ese tipo de actitudes nefastas lo llevan a niveles extremos. Al César lo que es del César, y a Dios, que te vaya bien.

Finalmente es responsabilidad de los organizadores cuidar de ese tipo de detalles. Pero como a éstos les viene valiendo pito, pues qué se puede esperar. Ellos con vender -y revender- sus boletos carísimos (aunque para Radiohead no lo fueron tanto) se dan por bien servidos. Que los pendejos de sus usuarios se hagan bolas y que se rasquen como puedan. Así se cuecen las habas en este marginado tercer mundo. Vaya contraste entre la actuación impecable y profesional del grupo de Oxford y la organización pobre y tercermundista de OCESA.

Otra circunstancia que menguó el disfrute que pudo tenerse del evento fue la predominante actitud avorazamiento, valemadrismo, gandallismo y falta de civilidad de los asistentes, en su mayoría chilangos. Desde el pendejo que insistía en bailar con las canciones de Radiohead aun con el apretadero que había, hasta el pinche menso que levantaba los brazos al ritmo de la música, pero con los pasos de "La Ventanita", de ese grupazo que fue Garibaldi. Ah, sí, claro, y toda la bola de culeros cantando; cantando todo. No mamen, ¿van a escuchar a Radiohead o a cantar ellos? O sea, ¿para qué chingados cantan? Ah, pero no, ellos van a echar su desmadrito, y jódanse los demás (jódame yo). No asisten para escuchar la música, la grandiosa voz de Thom York, sino para echar desmadre. Realmente le fastidian la diversión a quien, como yo, sí va a escuchar y a presenciar la interpretación y ejecución de la banda. Ciertamente uno se emociona, e incluso eso llega a justificar algunos coros de ciertas canciones, va, ¿pero todas y todo el pinche rato?

Una actuación memorable, un performance inigualable y sublime, dirigido a una numerosa e infame chusma. Margaritas para los cerdos. En general, este público mexicano, el chilango en particular, no merece shows de primer mundo si no sabe comportarse civilizadamente. La próxima vez que vea tocar a Radiohead, preferiría que no fuera en este país; seguramente se disfrutaría más. En fin, aquí nos tocó vivir.

domingo, 15 de febrero de 2009

El blog so far (o escribir por escribir)


Seis meses han transcurrido ya desde que inició esta puntada (según algunos, un mal chiste) de mi blog. Ahora, como entonces, su autor, más que claridad mental, visión y tranquilidad para escribir, acusa una grave indefinición en cuanto a los derroteros por los que quisiera llevar éste que es uno de los tantos proyectos que ha emprendido.

Prueba de ello es que hace poco más de dos meses no se ha publicado nada. Ni quién se queje, dirá más de uno haciendo referencia al hecho de que, seamos honestos, no se trata, por mucho, del blog más visitado de la web. El caso es que, quién sabe si contra la voluntad de su creador, este espacio abierto para la expresión de las sandeces de la más diversa índole, está pasando por una etapa crítica de infertilidad. En principio, parecía llevar buen ritmo, y casi cada semana se subía algún texto, pero después no sé qué acaeció y gradualmente la empresa de escribir se fue volviendo harto complicada.

Así las cosas, a dos meses del último post (no me complace al cien por ciento ese vocablo, pero en fin), parece que sigo en las mismas: tengo mucho que escribir, pero no escribo nada. Seguramente esta situación es una de las tantas en que mi actual circunstancia personal se refleja. En estos momentos de mi vida, sufro de una terrible desorganización, tal vez la peor que me haya tocado experimentar: me levanto tarde, me duermo tarde, me paso horas sin hacer nada de lo que debería hacer, ya sea en el trabajo o en mi vida privada; me cuesta bastante ceñirme a un cierto plan de actividades para poder aprovechar mi tiempo y mi potencial, o en general a apegarme a cualquier tipo de disciplina. Vamos, ya ni estoy leyendo nada en concreto (llevo como unos 3 meses tratando de terminar de leer el libro más denso con el que me he liado: José Trigo, de Fernando Del Paso, y no le veo la salida), sino algunas cosas dispersas de aquí y allá, obviamente sin ningún tipo de rigor metodológico, a pesar de que cuento en mi biblioteca personal (ahora que lo pienso, qué mamona llega a sonar la expresión) con bastantes obras de reconocida calidad que esperan ser leídas.

Desmadre en mi vida, desmadre en el blog: textos que no parecen llevar un hilo conducor (porque no lo llevan), temas que se quedan a medias, posts que nunca llegan. Me gustaría mucho prometer en este momento mayor prolijidad y cubrir los tópicos que en más de alguna ocasión he anunciado, pero la verdad no puedo. Si se ha estado leyendo esto con atención, y sobre todo si se sabe leer entre líneas, puede advertirse claramente que este post en realidad no dice nada, no trata de nada. Ésa es la situación del blog al día de hoy, no habla absolutamente de nada.

A seis meses de haberse creado, por las circunstancias que ya puntualicé, el blog está en una especie de stand by. Estas líneas que hoy escribo, las he esbozado sólo por escribir: escribir por escribir. Escribir para que quien ingrese al blog no advierta que ya hace buen rato no se me ocurre nada y que últimamente he estado activo; escribir para irla llevando y, sinceramente, para que no se vea tan pelón el blog.

viernes, 5 de diciembre de 2008

Los Años Maravillosos


El lector habitual -hipotético- de este blog, a estas alturas ya habrá podido darse cuenta de que lo que se escribe en el mismo carece de la más mínima coherencia interna. En otras ocasiones se ha prometido textos sobre diversos temas que no ha llegado a tratarse, pues antes de que ello ocurra irrumpe en la mente de su creador alguna inquietud novedosa o apremiante, que necesita ser atendida. El romántico llamaría inspiración al fenómeno; el cínico lo llamaría falta de orden, disciplina e idea. Hasta el momento no sé cuál de las dos explicaciones es la que se adecua al devenir que ha estado presentando el blog.

Llámese, pues, como se quiera. El caso es que hoy, a casi un mes de mi último post (que no contiene un texto mío), aun teniendo muchas cosas sobre las cuales escribir, nada me impelía de manera determinante a hacerlo. Pero las circunstancias son impredecibles y el mundo pequeño, tanto que hicieron que me encontrara con una pregunta sin respuesta, una historia sin final, una realidad sin explicación, un conflicto sin resolver: Laura.

Caminando por la calle, hablando por el celular. Ahí estaba esa mujer de tez clara, cabello oscuro, figura esbelta. Yo me encontraba dentro de mi carro, estacionado, cuando la vi pasar. Estaba idéntica a como la recordaba, como si los años no hubieran pasado por ella. Cruzó la calle. Fue todo.

A algunos amigos cercanos les anticipé la idea de la creación de una sección o serie dentro de este blog, a la que llamaría "Los Años Maravillosos", en honor a la serie televisiva estadounidense The Wonder Years, y donde narraría acontecimientos de mi adolescencia y niñez, con especial énfasis en la experiencia que significó para mí la etapa de la secundaria. Así, para empezar, sería yo una especie de Kevin Arnold de petatiux, y durante la serie se irían revelando los distintos personajes que me acompañaron en esas vivencias y su posible equivalencia con los del aclamado programa de televisión.

Y es en este punto donde las dispersas ideas que he tratado en este post convergen: Debido a las circunstancia de haber vuelto a encontrarme con esa persona, retomé la idea de establecer la sección de Los Años Maravillosos, pues justamente ella protagoniza algunas de las historias que habrá de contarse. Espero que no, pero tal vez gran parte de lo que se escriba tendrá relación con esa mujer, que finalmente motivó el inicio de esta sección. En textos siguientes, cuando se hable a fondo de ella -no por nostalgia ni cursilería, sino por la más instintiva reacción-, se entenderá por qué.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Don Eusebio Ruvalcaba


Aquí se presenta un texto del maestro Eusebio Ruvalcaba. Es una de sus intervenciones en la ya mítica revista de La Mosca en la Pared, y una pequeña muestra de las capacidades narrativas de este gran escritor. En posts futuros hablaré más ampliamente de la obra del insigne literato, que de cierta manera ha influenciado la forma en que veo la literatura, y sobre todo la vida. Ésta fue su intervención el el número 29, año 1999, en la hoy frustrada revista, cuando su columna todavía se llamaba "¿O no?"


Calzones de mujer

Hace poco -¿minutos, semanas, meses?, cómo saberlo el puto tiempo siempre ha sido algo tan inexplicable- veía yo en la televisión las declaraciones de un joven roquero de un grupo chileno radicado en México, a quien una de sus fans le arrojó los calzones, él los olió, le dio asco que fueran usados y los echó a la basura. Guácala, habrá dicho.

Cómo me saca de onda esta actitud fresa. No sé de qué está hecho ese joven músico, si por sus venas circule sangre o atole; o no sé si sea él o el momento que estamos viviendo de absoluta abstención. Que curioso, en ninguna época se había cultivado tanto el cuerpo como ahora, y hoy es de mal gusto admirar a un mujer en sus partes más íntimas. Porque no creo que este joven ande muy alejado de lo que hace una gran mayoría de jóvenes de su edad. Todavía hace algunos años, los jóvenes acostumbraban coleccionar pantaletas y brasieres como trofeos de una noche apocalíptica –hoy a eso se le llama fetichismo-; apenas ayer estos mismos jóvenes solían espirar a las mujeres cuado de subían o bajaban de un auto, o bien cuando se sentaban o subían la escalera –hoy eso se llama voyeurismo-, y hace apenas dos o tres meses, tales jóvenes les arrancaban la ropa a las mujeres cuando el deseo les desborda –hoy eso lo califican como violación.

Tampoco sé exactamente en qué medida esto aleja o acerca a un hombre a la esencia de la vida, pero yo me atrevería a decir que el hombre necesita estar cerca del riesgo, de imprimirle pasión a las cosas. Algo, en sus cavernas más profundas, conserva el varón de agreste e incivilizado, y yo creo que vale la pena luchar por eso. Hacerse un poco afuera de la bacinica. A eso se le llama pasión, y la pasión es jugársela un poco. No tanto, pero tampoco tan poco. Bueno, esos cuerpos asexuados que no ve caminando por la calle o deteniéndose delante de las vitrinas en un Perisur o una Plaza Cuicuilco, consideran una aventura comerse unos tacos de suadero o un refresco que no sea light. Todo es ascéptico, como si temiéramos contaminarnos hasta de ver. En serio, es de dar risa cómo la mujer a dejado de atraer a los hombres jóvenes. No se vuelven a mirarla. Pasa casi semidesnuda delante de un grupito y ninguno se le queda viendo con aquella mirada de cachondería que distinguía a los ojos viriles de hace unos cuantos años.

Seguramente tienen razón. La educación sexual ha terminado por desprender de todo misterio no sólo a la mujer sino al sexo mismo –qué hueva espiar a tu hermana mientras se desnuda. Ya no son temas que inciten a nadie a meterse al baño a masturbarse, a asomarse por debajo de la mesa y ver lo que hay que ver. Hoy día, la mujer de senos grandes se avergüenza de sus tetas, y, si no está bronceada, si no toma su dosis diaria de bicicleta o su carrerita por las mañanas, entonces, piensa, no tiene nada que enseñar, es como un cero a la izquierda. Que nada más por sus tetas, por sus piernas, por su olor, una mujer traiga a un hombre por la calle de la amargura, ha pasado definitivamente a la historia. Un hombre que le telefonee borracho a la mujer que le gusta, que la asedie, que le envíe flores o le escriba poemas -aunque sea los fusile de Sabines- es considerado un indeseable. Un patán sin educación. Siempre será mejor aceptado un tipo previsible, de brillante futuro, de celular o bíper para que su mamá o su mujer lo localice de inmediato. ¿O no?

lunes, 3 de noviembre de 2008

No se olvida ...la necedad*



Año con año, desde hace una década, recuerdo que se conmemora uno de los sucesos más infames e ignominiosos de la reciente historia de México. La primera vez que me enteré de ese hecho histórico, punto de inflexión en el devenir de la vida en nuestro país, tenía alrededor de 15 años de edad. Nunca antes había sabido nada al respecto, en parte por mi corta edad y el poco interés que mostraba hacia las cosas públicas, y también, el sigilo con el que durante tres décadas se trató el tema. Recuerdo que cuando se reveló a mi reducido entendimiento los cruentos acontecimientos, sentí una profunda sacudida y simpaticé de inmediato, como el rebelde adolescente que era, con la heróica causa -que paradógicamente ignoraba casi por completo- que defendieron los integrantes del movimiento estudiantil del '68, y pretendí identificarme plenamente con su ideología. En fases de la vida como ésa, en que uno busca su propia identidad, y con ello la pertenencia a un determinado grupo, fue decisivo el descubrimiento de un hecho de tal importancia (la cual, en ese momento no pude dimensionar). Pero nada más pasado el mes de octubre, que es el que se habla en los medios de comunicación sobre el tópico, terminó mi inquietud, solo para volverse a recuperar en los mismos periodos de los años siguientes.

Hace exactamente un mes se cumplió 40 años de la matanza de Tlatelolco, ocurrida en la Plaza de las Tres Culturas, en el Distrito Federal, el 2 de octubre del año 1968. Pasaron diez años desde que tuve un primer acercamiento a los hechos. Aun cuando hace relativamente poco tiempo me propuse indagar cuáles habían sido las causas del movimiento y cómo se había desarrollado propiamente la masacre, siempre me causó indgnación, pues representó la más violenta y desproporcionada de las represiones de que se haya tenido noticia en mucho tiempo en México. Era algo así como los malos contra los buenos, con una aplastante victoria de los primeros. Seguramente era una percepción maniquea del problema, mas era la única que podía concebir en esos entonces, hace diez años. Hace diez años, a la edad de 15.

Después de esa indagación, si se quiere superficial, de los acontecimientos del '68, pude conocer las causas del movimiento, sus objetivos, un quantum mucho más verosímil que el que proporcionaron en su momento las fuentes oficiales de las personas masacradas en la matanza, y de las que fueron confinadas por su sedición en las más oscuras mazmorras del Palacio de Lecumberri. Pude comprender un poco mejor la magnitud de lo sucedido y su importancia histórica.

Por lo anterior, que considero una legítima empatía con el movimiento estudiantil del 68, o cuando menos un aceptable, si bien elemental, conocimiento del mismo, llegan a causar una profunda indignación ciertas actitudes tomadas por algunas personas que se dicen contestatarias o, mucho peor atrevimiento, de izquierda. Individuos que con los más intrascendentes y mezquinos intereses, lucran con el movimiento a costillas de éste y sus mártires, lo aprovechan en beneficio de apetitos desmedidos de la más distinta índole.

En mis años como estudiante de licenciatura, cuando cursé la carrera de Derecho en la Universidad Autónoma de Aguascalientes, era común que los día 2 de octubre se armaran, cómo decirlo, manifestaciones de diversa naturaleza, supuestamente -ése era el pretexto- para conmemorar el movimiento y honrar a sus mártires y héroes. Así, había desde tocadas aisladas, hasta reuniones en que se leía algunas de las proclamas del Consejo Nacional de Huelga, fragmentos de textos relacionados con la matanza, aderezadas con la interpretación desde el ronco pecho de algunos de los participantes de las más cursis canciones de protesta. También había (seudo) poesía alusiva a los sangrientos sucesos. No faltaban, tampoco, las velas, mantas y demás ornamento como escenario del indignante ejercicio. Ah, y claro, lo llevaban a cabo en la noche, para que quedara, según sus propias palabras, más chido.

Si uno tenía la osadía de asomarse a esas ceremonias de la ignorancia y la pretención, podía percatarse de la presencia de estudiantes, casi en su totalidad, de las carreras humanísticas de la Universidad, con excepción de la de Derecho, conformada por gente más bien apática y aseada que ve con cierto asco (puramente estético, no intelectual) a las otras carreras humanistas, más cercana (no porque así deba ser, sino porque así es) al perfil del contador público o del administrador de empresas, que al del filósofo, historiador o politólogo. Las carreras de Letras Hispánicas, Historia, Sociología, Filosofía y Ciencias Políticas se encontraban representadas en tales actos. Los estudiantes de estas disciplinas, que casi por definición se conciben como progresistas, rebeldes, anti-stablishment, subversivos, insurrectos y de izquierda, eran los protagonistas de tan penosas actividades que no hacian más que revelar su honda ignorancia, su lastimera superficialidad y su índole innegable de lo que los angloparlantes llamarían poser.

Siendo los estudiantes que se supone más profundos e intensos, con mayor compromiso con las causas sociales y bla, bla, bla, son los que llevan a cabo numeritos de esa calaña, que llevan implícito el desconocimiento histórico que en un estudiante de administración, de relaciones industriales o de contaduría, sería comprensible, pero que en un educando adscrito a las ciencias sociales resulta inadmisible.

Durante mi estancia en la universidad, pude ver que año con año se llevaba a práctica la misma necedad, así que presumo, con base en el experiencia y en mi pesimismo casi metódico, que durante años posteriores, incluso el actual, se ha seguido perpetuando. Ahora que poco o nada me involucro en la vida estudiantil de la U.A.A., me he podido percatar de que el mismo ímpetu por la pose y el mismo oportunismo se ejerce fuera de las aulas. El pasado 2 de octubre de 2008, en la Plaza de la Patria o Plaza de Armas (nunca he sabido a ciencia cierta cuál es realmente su nombre) de esta ciudad de Aguascalientes, había una especie de tocada de unos jóvenes, que entre canción y canción "disertaban" sobre lo tocante al movimiento estudiantil del '68, y que interpretaba una música que dudosamente puede calificarse como rock, pero que pretendía, claro, serlo. Lo que hacía a su actuación alusiva al tema era solo eso, los comentarios entre canción y canción (las cuales, por lo poco que escuché, no tenían mucho que ver con el tema). Y ya, eso era todo. En el fondo, seguramente los ingenuos aspirantes a músicos debieron pensar que había sido un gran homenaje, e incluso por momentos habrán sentídose una parte del movimiento.

Me di cuenta de lo ocurrido en la plaza minutos antes de entrar al Teatro Morelos para presenciar una obra de teatro intitulada "El mañana nunca sabe", a la que un amigo me había invitado, pues se trataba de una puesta en escena de otro conocido de él, en este caso alusiva, también, a la nefanda represión acaecida el 2 de octubre de 1968. No sé en principio por qué fui, ya que esperaba lo peor: un ejercicio similar al que he condenado en párrafos que preceden. Pensé mal y acerté. La obra narraba la historia de dos hermanos que vivían en un departamento del edificio Chihuahua, adyacente a la Plaza de las Tres Culturas, un hombre y una mujer, al parecer mellizos, el primero de los cuales había sido herido durante el altercado. Solo estaban esos dos personajes, esperando que aparecieran sus padres, que habían salido no recuerdo a dónde. Y con esa premisa, la trama se desarrolla con una discución entre los dichos protagonistas, en la que el hermano defendía al movimiento estudiantil y la mozuela lo condenaba, o al menos lo sometía a las más "racionales" críticas; mientras tanto, se supone que afuera, en la plaza, se desenvuelve la abyecta represión.

Así, discutieron y discutieron, hasta que al final diéronse cuenta (o aceptaron) que toda la vida habían estado enamorados uno del otro, y terminaron entregándose a sus primitivos impulsos eróticos, para consumar el que tal vez sea el más gratuito e injustificado de los incestos que han sido dramatizados jamás en una obra de teatro (¿?). Así nada más, de buenas a primeras. El joven, después de la ardua jornada y con motivo de la herida que habían inflingido en la plaza, amaneció muerto, seguramente sin presentar después el signo tanatológico de la eyaculación post mortem, pues, como se dijo, horas antes había derramado su sediciosa simiente en las reaccionarias entrañas de su amada. En resumen, la obra fue un ejemplo más de las posibilidades que ofrece el ejercicio de la actividad que aquéllos a quienes agrada usar eufemismos denominan onanismo psicológico.

Según he tratado de establecer, y siendo ése el propósito de este post, desde mi perspectiva las diversas prácticas a las que me he referido resultan por demás indignantes y ofensivas contra lo que realmente representa el movimiento estudiantil del '68 y la matanza del 2 de octubre. Un acontencimiento histórico de la importancia de la masacre estudiantil de Tlatelolco, no puede utilizarse como excusa o pretexto para efectuar actividades tan superficiales, para lucimientos personales, o para ostentarse ante los demás como una persona progresista, profunda, intensa, preocupada del entorno social, pacifista, políticamente correcta. Es una afrenta a la razón y al buen juicio, pero sobre todo, insisto, a los mártires del movimiento, a los héroes caídos y a sus deudos. Todo una movilización social, que en su momento tal vez no era consciente de la magnitud e impacto que tendría en la vida política del futuro del país, pero que seguramente estaba al tanto de la responsabilidad e importancia que implicaba, no se realizó para servir después como motivo de juego y ligerezas por parte de nuestros incultos jóvenes (y no tan jóvenes).

Vergüenza debería darles a esas personas relacionar sus intereses y afanes de protagonismo y pueblerina celebridad con un asunto tan serio y tan importante. Porque finalmente eso es lo que persiguen tales individuos: reconocimiento, fama, relaciones públicas, y a final de cuentas les importa poco el medio del cual se habrán de servir para lograr esos propósitos. No sé cómo recibirían los verdaderos mártires del movimiento, los que realmente lucharon en él, las actitudes a las que me he referido en este texto, pero me inclino a creer que seguramente las reprobarían, o ya, de plano, se reirían de ellas.

Precisamente por no caer en el mismo vicio que estoy criticando, de aprovecharme de la curiosidad que despiertan los acontecimientos del 2 de octubre del 68 en el mes en que se conmemoran, escribo este texto un mes después, si bien la inquietud de expresar la tesis que sostiene la tengo desde hace algún tiempo.


*Originalmente publicado en el blog El Canto del Zenzontle, Ave de las 400 Voces (http://www.cantodelzenzontle.blogspot.com/), el día 2 de noviembre de 2008.

jueves, 30 de octubre de 2008

Motorokr Fest 2008

Apenas el viernes anterior me había enterado de la noticia: The Flaming Lips se estaría presentado en el Motorokr Fest 2008. El medio, internet; el motivo, el ocio. Actuarían el sábado en el Distrito Federal y el domingo en Guadalajara. Sin pensarlo dos veces, me decidí a lanzarme para el segundo de los lugares mencionados, pues además la banda de Oklahoma compartía cartel con Nine Inch Nails (NIN) y los Stone Temple Pilots, entre otros grupos.

Inmediatamente contacté a mi amigo David, para invitarlo. Lo convencí de acompañarme, después de cierta insistencia que tuve que aplicar dado que él no conocía mucho -o nada- de los platos fuertes del evento, los Flaming Lips y NIN. En fin, nos pusimos de acuerdo y el domingo 19 de los corrientes, por la mañana, partimos hacia la ciudad de Guadalajara; sólo él y yo, pues minutos antes de ir por ella, su novia, Diana, que horas antes se había sumado al plan, declinó de último momento.

Llegamos a la Perla de Occidente y rápidamente ubicamos el lugar del toquín. Después de buscar por alrededor de 20 minutos lugar dónde estacionarnos (nos fuimos en el carro de David), decidí mejor qudarme en la larga fila que se hacía a las afueras de la Explanada López Mateos, sede del concierto, haciendo cola y viendo otras tantas -que en Guadalajara sí que pululan, y de la mejor calidad-, mientras mi acompañante buscaba dónde dejar el automotor, empresa ésta harto difícil en una ciudad como la que nos recibía, conocida es la calaña de muchas de las personas oriundas, que las orilla indefectiblemente a tratar de joder al próximo, máxime, pobre de él, ya se chingó, si es fuereño. Pues total que nos formamos y así estuvimos al rededor de un par de horas, hasta que a las dos de la tarde se dejó a los impacientes fanáticos -en su mayoría adolescentes- vulnerar la entrada del recinto.


Los grupos que integraban el cartel: Nine Inch Nails (acto principal), Stone Temple Pilots, The Flaming Lips (acto más chingón), The Kooks, Paramore, Los Búnkers, y un largo etcétera de grupos francamente prescindibles. Había dos escenarios: el negro, para los grupos chidos, y el naranja, para los grupos equis. En el primero se habían de presentar las agrupaciones citadas y en otro las demás. La dinámica del asunto era pasar de un escenario al otro, mientras se preparaba para iniciar su actuación el siguiente grupo en un lapso de media hora o 45 minutos.

Abrió el festival un dueto llamado Yukozon o Yokudson, yo qué sé, que tocaba algo así como heavy metal tradicional. Se presentaron en el escenario naranja y se desempeñaron bastante bien, de manera muy efectiva, sobre todo el baterista (era él y el guitarrista/cantante), que, ah, cómo le pegaba con madres a los parches, y ah, cómo se alucinaba el cabrón, agitando su cebosa cabellera y mostrando su no menos grasoso dorso. Tocaron como 25 minutos y cumplieron. Después siguió en el mismo tapanco Le Baron, un grupo cuya única característica rescatable era la inclusión en sus filas de una riquísima güerita que tocaba las teclas (no las suyas propias, para desgracia de los jariosos espectadores) en un injustificado pero bastante disfrutable outfit consistente en unas mallas negras y un topsito plata, ceñidos de manera tal a su cuerpecito que exaltaban sus notables cualidades pélvicas, mamarias y glúteas. Por lo demás, el grupo resultaba de una profunda hueva.

Ni siquiera esperamos a que terminaran su performance, cuando decidimos mejor comparecer al escenario negro, donde acto seguido habrían de tocar los chilenos de Los Búnkers. Presencié su show con ciertas reservas, puesto que ya me había tocado escuchar alguna canción suya (una que dice: "...llueve sobre la ciudad porque te fuiste...") y los concebía como un grupo ñoño, cursi y algo mamón. Pero hasta eso tocaron de manera tirándole a aceptable, aunque siguieron sin convencerme.



Les sucedieron los gringos de Paramore, banda que actualmente se encuentra muy de moda entre el público prepúber, pues aparece con cierta frecuencia en el decadente canal de televisión MTV. Ellos tocan una especie de punk ruidosón rebajado, muy pero muy rebajado, o pop-punk (que me suena a contrasentido, pero en fin) o happy punk, qué sé yo, una mamada de ésas, como para niñas de primero de secundaria que apenas comienzan a asomar incipientes teticas de perra (Gabriel García Márquez dixit). Sin embargo, y quizás por la gran afluencia de adolescentes en el evento, lograron que el personal realmente se prendiera y comenzara a echar su desmadrito. Ah, y en este punto no puedo dejar de mencionar la anécdota de un don que, vaya a saber Dios por qué, andaba ahí en el concierto, entre la bola de chavos que lo presenciaban: cuando empezaba a dejarse escuchar Paramore, empezó un aventadero y aplastadero en todas direcciones, a lo bestia, y el señor, de unos 48 o 50 años de edad, todo histérico, ansioso y desesperado, agarraba a unos y a otros y les exigía que no lo empujaran, mientras que del otro lado le llegaba algún otro mancebo para igualmente proyectarlo contra los demás asistentes, y luego otro y otro, valiéndoles madre a todos el aprieto por el que atravesaba el desafortunado hombre. No, pobre güey, lo traían al pedo. Y en eso estaba yo, cínico y ojete como siempre, haciendo escarnio de la desgracia del prójimo, cuando a David y a mí nos tocó sufrir asimismo las de Caín y nos llego el fuerte apretujadero a diestra y siniestra. Mejor nos fuimos más para atracito, que para trajines como ésos ya no estábamos.

Sin pena ni gloria, aunque también lograron conectar con la banda (¿sería más bien que los fans reunidos se prendían con cualquier pendejada? Bien dicen que el que no conoce a Dios, a cualquier santo se le hinca), pasó el siguiente grupo: The Kooks. De ellos tenía una alta expectativa, dada su procedencia británica. Mas realmente me decepcionaron, pues resultó ser un grupo bastante menor, plano e inocuo, sin chiste; después de todo sacaron lo inglés, solo que en su más mamón y aburrido aspecto. El cantante parecía un niño bien sacado de la más fresa preparatoria londinense, o bien de la versión británica de la novela de Rebelde. Total que fue un bocado difícil de tragar, no por su complejidad sino por su insipidez. Para esto, ya ni regresamos al escenario naranja, sino que nos instalamos de lleno en el negro, para agarrar buenos lugares ahora que venían las presentaciones mayores del festival.

Así las cosas, llegó por fin el momento esperadísimo (al menos por mí): la presentación de The Flaming Lips. Habíamos logrado posicionarnos en un buen sitio, afortunadamente; aunque claro no faltaban las viejas maleducadas y valemadristas que con el prurito de frotar su insaciable feminidad contra algo duro y carnoso, se subían a los hombros de su hombre y no dejaban ver el espectáculo a los desdichados que quedaban atrás de ellas. Mientras se preparaba la sonorización del grupo, su vocalista, el extravagante Wayne Coyne, salía al escenario, saludaba al público y bromeaba con él (definitivamente a ese tipo le encanta llamar la atención).




Minutos después, lo que yo esperaba pues había visto en televisión una presentación en vivo del grupo, con música de fondo interpretada al efecto por el grupo que ya se encontraba listo, salió el el cantante introducido en una gran burbuja de plástico, y así se fue caminando -o rodando- entre el público que se encontraba adyacente al escenario, quien, participando de la puntada, lo condujo de allá para acá. Desafortunadamente, no llegó a donde estábamos y regresó al escenario. Esto ya estaba comenzando y anticipaba lo que sería un gran show. De repente, por ambos lados del escenario, comenzaron a salir botargas de los Teletubbies, franqueándolo. Volaron algunas serpentinas y confeti, lanzadas por un tubito (bueno, no sé cómo decirle a eso) de manos del propio Coyne.






Segundos después, empezó el viaje. Sonaron las primeras notas del gran tema The Race for the Prize, el riff introductorio y recurrente en distintos pasajes de la canción, al tiempo que de lugares estratégicos del escenario salían disparadas cantidades copiosas de confeti anaranjado y amarillo, serpentinas y globos, y que la pantalla LED que estaba a sus espaldas mostraba imágenes coloridas y psicodélicas. Ese solo instante, ese momento de conjunción audiovisual y sensitiva, fue el clímax, para mí, de todo el festival. Una especie de alegría nostálgica por vivencias que ni siquiera recuerdo sino que solo siento, o que no he tendio, sobre sensasiones jamás experimentadas, tremendamente exacerbada, casi cinestésica, me hizo su presa. Teletubbies bailaban, luz, parafernalia, sonido, todo me estremeció en su fusión al punto de llevarme a una conmoción indescriptible, a una fascinación desmedida por la vida y los pequeños momentos que la conforman. Fue algo hermoso e irrepetible; un orgasmo emocional, una sacudida; la más inefable y sublime sensación que haya vivido en mucho tiempo. No sé si todo ello debió a la gran expectativa que yo tenía respecto al grupo, y la verdad prefiero no explicármelo, no entenderlo nunca; de hecho, su grandeza radica justamente en su índole inescrutable, ininteligible, irracional; la memoria es la única operación mental válida para aplicar a la experiencia. Caray, quién sabe cuál habría sido la magnitud de la sensación bajo la caleidoscópica influencia del ácido lisérgico dietilamida.




David, que había ignorado la música del grupo hasta ese momento, no tuvo otras palabras que decir más que: "No mames, ca', qué chingón tocan estos güeyes". Temas clásicos como The yeah yeah yeah song y Fight test siguieron en la lista, para dar paso después a una minimalista versión de Yoshimi battles the pink robots pt.1, que la mayoría de los presentes coreamos de principio a fin. El show cumplía, y aun viéndolo todavía no podía creer que lo estuviera presenciando. Después, vino la magnífica y psicodélica Pompeii am Götterdämmerung, en la que el desenfadado Wayne Coyne hizo uso de un gong rodeado de luces, que cada vez que era impactado, éstas brillaban en circulos multicolor. Siguieron otros temas que no he escuchado (sólo tengo los tres últimos discos del grupo), y la canción de The W. A. N. D.



Todos escuchamos complacidos, pero faltaba un clásico imprescindible. Lo pedían aquí y allá, durante todo el concierto. Alguno gritó, sin la menor ortodoxia, "du yu rialain, du yu rialain", y pues ni quién entendiera qué trató decir. Pero sus clamores y los de los demás espectadores fueron atendidos, y comenzó a sonar, a manos de Coyne, la guitarra electroacústica que durante todo el show había permanecido quieta, expectante, sobre su atril, que después supimos que sólo había estado ahí para conducir la armonía del maravilloso tema con el que la banda concluiría su actuación: Do You Realize??


Otra vez, pero ya de noche y con un efecto cercano al que produjo al abrir el concierto The Race for the Prize, brillaron luces explosivas, volaron globos y confeti, y el personal se desquició. Era la canción perfecta para cerrar, y satisfizo con creces las expectativas generadas a su alrededor. Ciertamente algunos otros grandes temas quedaron fuera del show, pero era imposible incluirlos a todos en los 60 minutos que se concedió al grupo para mostrar su música. Particularmente me quedé con ganas de escuchar dos, si bien era muy difícil que lo llegaran a tocar: The Supreme Being Teaches Spiderman How to be in Love, de banda sonora de Spiderman 3, y el cover del clásico de Queen, Bohemian Rhapsody. El grupo agradece, hace reverencias, se retira, mientras que de este lado del escenario nos recuperamos de la experiencia y regresamos al vacío de la normalidad, al fin que la felicidad no dura para siempre. El gasto, la vuelta, el trato con la predominante chuzmita gandalla tapatía, habían valido la pena: vivimos la experiencia del show de los pinches Flaming Lips, cabrones.


El grupo que seguía en el cartel era Stone Temple Pilots. Debo confesar que estaba predispuesto a recibir la acutación de esta banda con algunos prejuicios (que si el cantante es medio fantoche, que si le hace mucho a la mamada, que si el grupo se quedó estancado en el grunge, que si la acusación antañera de que eran un vil fusil de Pearl Jam es legítima...); empero, decidí hacerlos a un lado y tratar de disfrutar el concierto. Y la verdad fue que el grupo logró una actuación bastante decorosa, incluso efectiva, además de que la gente les respondió, ciegamente, de una forma por demás sorprendente. ¿Farol el Scott Weiland? Pues sí. ¿Que ese bailecito mamuco que hacía qué? La neta, eso qué. Pero bueno, no puede pedírsele peras al olmo, chis al ano, ni mucho menos caca al pirrín. Con todo, insisto, tocaron bien y no me aburrieron, que ya es mucho que decir. Como era el segundo grupo en importancia -según un criterio al que no le hallo explicación-, pudo tocar durante una hora y veinte minutos. Terminaron. Ese pequeño bajón concluía para dar paso a otra excelsa presentación.

Nine Inch Nails. Eran como las diez y cuarto de la noche, cuando apareció el legendario grupo de culto del señor Trent Reznor, genio noventero equiparable a los Cobain, a los Corgan, a los Yorke. Todo fue claro entonces: las pantallas LED y demás instrumentos iluminadores que operaban en el escenario habían sido concebidos y dispuestos al servicio de los oscuros designios de Reznor. Durante el performance subían y bajaban las pantallas LED, y en ellas se hacían proyecciones que se comportaban de acuerdo a la música que en el momento se interpretaba; otras veces, la pantalla frontal fungía como una especie de reja o red en que los esbirros de Reznor expresaban sus sublimes delirios sonoros, orquestados por su síniestramente sabia mano. Algo realmente notable en términos de expresión audiovisual; un verdadero malviaje de estruendo y oscuridad, muestra del talento sin par de Trent Reznor.



Había bastantes fans que se veía que solamente habían asistido al festival para ver la presentación de este grupo, pues apenas hubo empezado a tocar, aquello se llenó de almas, más que con cualquier otra agrupación, debo admitirlo. Dos horas, dos, duró la inigualable experiencia sonora y visual; lástima que ya para entonces estábamos bastante mermados después de haber estado parados por más de 10 horas y que tal vez esa circunstancia nos haya impedido disfrutar del grandioso concierto. El set que interpretó el grupo fue desde la sádica Closer, cuyos coros fueron secundados por los abyectos cánticos del público al grito de: "I wanna fuck you like an animal"; pasando por la desenfrenada March of the pigs, la grandiosa Piggy y la magnifica The big come down. En su mayoría, los temas que escurrieron por los altavoces pertenecían a los discos With Teeth, Year Zero, Ghosts I-IV y The slip, que son los últimos cuatro discos editados por el grupo; reconozco mi ignorancia sobre estos materiales, ya que le perdí la pista a NIN desde el disco de The Fragile; empero, supe que se trataba de temas de esos álbumes por los comentarios que hacían algunos de los espectadores, quienes sí eran fanáticos de la banda.



Todo funcionó a la perfección. Todo cuadró. La banda de Trent Reznor fue la que mejor sonorización tuvo, esto es, la que sonó mejor en términos de ecualización, pues al parecer todo estaba dispuesto para su presentación y los demás grupos tenían que adaptarse a esa circunstancia. A todo momento, el espectáculo sorprendía y complacía. Nos llevamos un muy grato sabor de boca, que nos dejó una grandísima banda, ya clásica, que vino a estos confines de jodidez y marginación para que viéramos lo que es amar a Dios en tierra de indios. Totalmente molidos, pero muy satisfechos, nos retiramos del lugar.



Todo valió la pena y, al menos yo, repetiría sin vacilar la experiencia de Nine Inch Nails, pero sobre todo la de los Flaming Lips.

sábado, 18 de octubre de 2008

Jálele el pescuezo al zenzontle


Recientemente, un grupo de amigos y yo, creamos un blog para tratar temas un poco más serios que las sandeces que se publican en éste. Se intitula "El Canto del Zenzontle, Ave de las 400 Voces" Participamos en el mismo dos historiadores y dos abogados.

Así que, si tienen el tiempo y la calma, dense una vuelta por el sitio, que tiene la siguiente dirección: http://www.cantodelzenzontle.blogspot.com/. Insisto, no son, al menos en teoría, las mismas ahorcadas de ganso que se presentan en este su blog favorito. La cosa es seria, pero no por ello acartonada y solemne.

En cuanto a mi blog, para todos y para nadie, pronto vendrán nuevas necedades y menudencias. Varias personas me han detenido en la calle y me han preguntado que qué pasó, que cuándo voy a publicar nuevas cosas. Les pido paciencia, que tengo bastantes ideas para expresar este mes. Simplemente el toquín al que voy a ir dentro de unas horas en Guadalajara, me dará mucha tela de dónde cortar (¿"Mucha tela de dónde cortar"? ¿Ven como no he andado fino y elocuente estos días? La verdad estuvo mejor que dejara de escribir un rato), y tengo además en el tintero ("en el tintero" ¿ven lo que les digo?) algo sobre libros, sociedad, costumbres y cine. No desesperen.

Hasta pronto.

domingo, 5 de octubre de 2008

El soundtrack de mi vida



El primer disco que escuché: No recuerdo con exactitud, pero debió ser alguno de la Internacional Sonora Santanera. En ese tiempo mi madre los escuchaba mucho. Pudo ser también un disco de los Bee Gees, que siempre fueron del agrado de mi papá. No menos probable es la hipótesis de que haya sido alguno de Chico Che y La Crisis, ya que en ese entoces en todos los hogares clasemedieros mexicanos se les escuchaba.


El primer disco que compré: De ése si me acuerdo: fue el de Hoyos en la bolsa, de El Tri. Un buen disco; osaría afirmar que fue el último disco decente que produjo el grupo de Álex Lora. Canciones como El enmascarado de látex y Que regrese Salinas destacan en este álbum.


El primer disco que le envidié a alguien por no poderlo tener: Más que un disco, era una colección completa. La tenía un amigo de la secundaria, el Gallo, y abarcaba todos los géneros, grupos y artistas conocidos (de buena música, obviamente). En realidad, era de sus hermanos, pero él disponía de ella como si fuera propia. En ocasiones nos llevaba a su casa y nos mostraba su colección, como quien presume un valioso tesoro.


Mi disco favorito para manejar: Cuando mi carro tenía estéreo, me gustaba poner algo tranquilo, para calmar los nervios encrispados por el tráfico. Esa función la cumplían a cabalidad los discos de Pink Floyd, sobre todo el Wish you were here y el Athom hearth mother. Ahora que no tengo estéreo, pongo la música que traigo en el celular, que es bastante variada.


El disco que mejores recuerdos me trae: Había discos que mis padres ponían en las reuniones que tenían con sus compadres (Patlán, Preciado y Parra) de Los Ángeles Negros; uno en particular que traía una canción que decía: "Mátame si quieres, pero no me olvides...". En esas reuniones todo era felicidad y desparpajo; permitían además que se diera la convivencia entre los hijos de los compadres y yo, que también eran muy divertidas. Con esas canciones como fondo, tuve la que seguramente fue mi primera experiencia amorosa, con la hija de Parra, Analí. Amor inocente, de niños. Amor contemplativo, de los que se cree que son para siempre. Fue una gran época en mi vida, que abarcó como de los 4 a los 9 o 10 años. Después, nada quedó de esos días, ni en lo lúdico ni en lo sentimental.


También el Nevermind de Nirvana me hace recordar buenos momentos. La que probablemente ha sido la mejor etapa de mi vida, la de la secundaria, estuvo musicalizada por ese disco. Acababa de descubrir al grupo y mi afinidad por el rock. Amigos, amores, experiencias, en un tiempo en que ese disco era lo que más escuchaba. Recuerdo que estando en tercer grado, después de haberle declarado mi amor a una compañera de cuyo nombre no me quiero acordar, ante su desprecio -después de salir de clase y cerca de la parada del camión-, lo primero que hice al regresar abatido a mi casa fue poner el álbum en cuestión -que tenía en cassette. Simplemente lo escuché. Todo, mientras trataba de dar explicación a tan frustrante revés de la vida y me cansaba de maldecir a la ingrata.


El disco que más me avergüenza tener: Tanta vergüenza me da tenerlo, que no mencionaré cuál es.


El disco que más lamento haber perdido: En general, soy muy cuidadoso con mis discos, mis libros y mis revistas de La Mosca. El disco de Hoyos en la bolsa de El Tri, que fue el primero que compré, nunca supe dónde quedó (al parecer, mis padres, que se oponían a que escuchara ese tipo de música, lo eliminaron). Otro que perdí era un cassette pirata de 27 éxitos de El Piporro, que incluía grandes temas como Ellos las prefieren gordas, Borrachera, Melitón, el Abusón; la trágica Gumaro Sotero, y la magnífica versión, que en ninguna otra recopilación he encontrado, del clásico Corrido de Arnulfo González; entre otros. Una pérdida irreparable.


El disco que adquirí más recientemente: Fueron cuatro: The Soft Bulletin, de The Flaming Lips (gran grupo que acabo de descubrir hace como un año), que tenía rato tratando de localizar; Undertow, de Tool, primer disco, chingoncísimo, de una de mis bandas preferidas; Roseland NYC Live, de Portished, disco de un grupo grandioso que también quería conseguir; e In The Beginning, del malogrado pero genial gitarrista Stevie Ray Vaughan y su banda Double Trouble. En estos momentos me encuentro disfrutando del primero de los mencionados.


El disco que más me ha influenciado en la vida: Seguramente es el Nevermind de Nirvana. Como ya dije, llegó a mi vida en un momento clave, un momento de búsqueda personal. Musicalizó la que considero la mejor etapa de mi vida y definió de manera determinante mi gusto por el rock, e incluso la pose contestataria que le es inherente. Nirvana fue durante mucho tiempo mi grupo favorito, y ello se debió en gran parte a este disco. Mi acercamiento al arte en general y a la lectura en particular, viene de mi interés en la música, y éste recibió su rumbo más claro de este disco. Ya casi no lo escucho; es muy raro que lo ponga. Sin embargo, es un espléndido álbum, quizá el más importante de los 90´s. Ahora hasta los chavos prepúberes que todavía huelen a orines y no saben qué pedo lo escuchan, sin comprender seguramente su significado, conotacioenes e importancia, mas ello no demerita la calidad de este disco, que si bien no es el mejor que grabó el grupo de Kurt Cobain, ni contiene alguna de sus mejores canciones.


El disco que prefiero para hacer el amor: Pues en realidad ninguno. Esto debido a que la mayoría de las veces en que me toca tener tan deliciosos encuentros, es bajo circunstancias de imprevisión y clandestinidad. Aunque tal vez la música en estas situaciones resulte prescindible, si se logra producir hondos jadeos y jemidos en la compañera, sonidos, estos sí, de gran importancia y disfrute para quien pulsa los botones adecuados para su expresión. Una vez se me ocurrió poner unos discos de Sigur Rós, para malviajarme más gacho echando pata, pero no resultó: mi compañera como que no les agarró la onda (me dijo que le había parecido una música relajante y "tranquila", cuando se trata de melodias perturbadoras y siniestras), y yo, tratando de sincronizar los momentos clímax de las canciones con mis descomunales embestidas, me perdí y dejé de poner atención a las necesidades de la amante en turno, único criterio válido para regular la cadencia e intensidad de los movimientos amatorios.


El disco que querría que tocaran en mi funeral: Pues ahora no lo sé, puesto que no pienso mucho en la muerte, por lo menos en la mía. Tendría que ser música clásicá; música de cámara, de un cuarteto de cuerdas. Hace algunos años me tocó asistir a la misa de cuerpo presente de un compañero de trabajo, en el templo de Guadalupe, y con cello, contrabajo, viola y violín, se interpretó la música más cabronamente perturbadora que he escuchado. Era hermosa, terriblemente funesta y oscura. Algo así me gustaría.


Los cinco discos que me llevaría a una isla desierta: Primero, indiscutiblemente, mi disco favorito: Ok Computer, de Radiohead; el Dark Side of the Moon, de Pink Floyd; algún disco de éxitos de la Internacional Sonora Santanera; el () de Sigur Rós (actualmente mi grupo preferido junto con Radiohead); y el Revolver de The Beatles. El pilón, si se permite (aunque no se permitiera, me lo llevaría de contrabando), algún disco de éxitos de El Piporro.